La casa de la vieja Higuera - Alfonso Alvarez Villar

 La casa de la vieja Higuera - Alfonso Alvarez Villar

La casa de la vieja Higuera - Alfonso Alvarez Villar
La casa de la vieja Higuera - Alfonso Alvarez Villar

MUISITO lanzó su balón de siete colores hacia el larguero azul del cielo de verano.

Su madre le había dicho que no jugara cerca de aquella casa porque en ella vivía «gente atea e impía».

El padre de Luisito era general. El niño jugaba con los entorchados y las medallas del padre, blandía el espadín, y sobre su minúsculo pecho la faja del generalato lucía como un inmenso Amazonas de color salmón, cuando entraba a hurtadillas en la habitación de sus padres y se revestía de los atributos paternos.

Al fondo de un paseo de tilos, se alzaba el chalet de los «rojos», pero era dulce la brisa que soplaba bajo los árboles y las moras reventaban de néctar detrás de las vallas.

—El dueño es un diputado socialista —cuchicheaba con secreta complacencia la vieja aya que hacía el papel de sirvienta responsable de Luisito.

Aquello había ocurrido en el verano del año 1935. Ahora caían las primeras hojas del otoño de 1936. Pero las hortensias seguían lanzando balonazos de azul y de rosa a los parterres abandonados de los jardines. Y seguían zumbando los insectos, haciendo sus peplos las arañas, gorjeando los pájaros.

—Ama… se me ha caído la pelota en la casa de los «rojos».

—Pues… entra y cógela, que ya no hay nadie allí.

La puerta de madera seguía conservando su mano de pintura verde. Chirrió ante el empuje. Un ciempiés salió a toda velocidad de uno de los goznes oxidados.

Allí estaba la casa. Sólo que no quedaba en ella un solo cristal. Luisito miró por un ventanal y vio manchas en las paredes en donde antes hubiera cuadros y tapices. Una golondrina había hecho su nido en un alero y otros pájaros entraban y salían del edificio solitario como si fuese una inmensa jaula sin puertas. Las lagartijas cubrían como varices de color gris el enjalbado de las paredes que comenzaba a desmoronarse.

Corrió sobre el césped alto del jardín. Reinaba en él una anarquía vegetal y animal. Las caléndulas y los nomeolvides, los pensamientos y los jacintos se pudrían indolentes en el marasmo verde.

El pelotón policromo reposaba en un banco de begonias. Luisito dio un chillido y se acercó a él. El aire en aquel rincón del jardín olía sobre todo, a higuera. Algunos higos yacían despanzurrados sobre el suelo, cubiertos de minúsculas hormigas.

—¿Me dejas jugar con él? —oyó la voz de una niña.

La niña era rubia como una caricia solar. Su piel era tan fina que parecía la cutícula del moscatel próximo a arrugarse. Su traje blanco se cubría de tabletas de sombras verdes.

Luisito le cedió el balón. Su lengua había quedado agarrotada. Una triple coraza de asombro le cercaba el pecho.

—¿Cómo te llamas? —se atrevió por fin a preguntarle.

—Me llamo Luisa María. Vivo aquí, ¿sabes? Te conocía antes porque a ti siempre te ha gustado mi casa. ¿Verdad?

Jugaron durante unos minutos. El perfil de indio cherokee del ama se asomó tras la puerta, sonrió y volvió a desaparecer.

Corría la niña sobre el césped húmedo como si no gravitase. Luisito intentaba alcanzarla jadeando. Tardíos enjambres de mariposas amarillas se dispersaban como un puñado de azufre.

Luego se oyó la voz del ama llamando al niño y Luisa María desapareció tras un montículo de tierra donde brotaban unas flores muy extrañas de color violeta.

—¿Sabes, ama? ¡He jugado con la niña de esa casa!

—¡Bah! ¡Tonterías! Yo te vi jugando y estabas solo. Ya no vive nadie ahí dentro.

Subieron por la corta avenida de tilos. Seguía sonando en sus oídos el «plof-plof» del pelotón y las risas de Luisa María.

Se mantuvo silencioso en la playa. Era inútil que las hermanas mayores le incitasen a zambullirse en las cortinillas de espuma que se cerraban y se abrían sobre la arena. Era inútil que peces de oro y plata, dibujados por el sol sobre el mar, se escabulleran entre las piernas de Luisito.

—¡Oiga, Arancha! ¿Qué le pasa a Luisito? —preguntó la abuela senil al aya vizcaína.

—No lo sé señora, no sé. Estaba muy bien esta mañana.

Regresaron al chalet veraniego. Los bojes se hinchaban bajo el sol del mediodía. La rana de piedra de la fuente eructó un delgado chorro de agua.

Mamá estaba allá arriba, tan esbelta, tan guapa como siempre. El ala de su pamela blanca era una cornisa de luz.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Sabes que he estado jugando con la hija de los «rojos»?

—¡Jesús! ¡Qué imaginación tiene este niño! ¡Si huyeron a Madrid, el 18 de julio!

La madre, amorosa, puso su mano sobre la frente de su hijo.

—¡Dios mío! ¡Si está ardiendo! ¡A ver, Rufino, vaya usted a avisar al Dr. Loureiro inmediatamente!

El médico diagnosticó unas fiebres paratíficas.

Luisito estuvo luchando contra la muerte durante dos meses. Por la noche avanzaba la mano negra de la fiebre. Surgían del limo viscoso fantasmas que arrojaban fuego por los ojos, reptiles de mirada inmunda, ogros y brujas arrancados de los cuentos de Grimm. Pero al aparecer Luisa María todos los monstruos se alejaban.

La niña solía presentarse vestida con una túnica blanca, con el pelo esparcido sobre los hombros, un pelo largo, largo como la eternidad. Sus ojos eran tan profundos que causaban vértigo.

Se acercaba con semblante triste y colocaba su mano fría sobre la frente del niño. La fiebre se convertía en rocío de los prados, en agua de primavera, en lluvia sobre un lago de montaña.

Estaba ya fuera de peligro al cabo de un mes. Le envolvieron en una manta y mamá le colocó amorosamente sobre el asiento de atrás del Citroën oficial que llevaba una bandera con dos estrellas.

—Ahora vas a volver a vivir con papá, mi nene.

Pronto quedó atrás la cortina perenne y monótona de la lluvia gallega, la que dibujaba sobre los cristales del chalet las mejillas exangües de Luisa María.

—¿Y no volveremos otra vez a Ribadeo?

—No hijo, Ribadeo nos trae malos recuerdos. El año que viene, iremos a veranear a San Sebastián que pronto será liberado.

Luisito ya no era Luisito, sino Luis. Había aprobado la Reválida de Bachillerato en Madrid, a donde se había trasladado la familia. Su padre era Subsecretario del Ministerio del Ejército.

—¡Dentro de unos meses, a la Academia Militar de Zaragoza! —le repetía su padre, con relámpagos en los ojos.

Los padres le habían prometido cumplir sus deseos si aprobaba la Reválida con sobresaliente. El pidió pasar un mes en Ribadeo.

—¡Ribadeo! ¡Ribadeo! ¿Quién se acuerda de aquel chalet que alquilábamos? —dijo el Teniente General—. Bien. ¿Qué más da un lugar que otro?

Pero para Luis, Ribadeo era la casa de los «rojos». ¿Seguiría en pie? ¿Estaría todavía la vieja higuera? ¿Volvería a ver a Luisa María?…

Porque no había dejado de pensar en ella, desde aquella mañana mágica del jardín y de la pelota-arco-iris.

Ella estaba presente en sus poemas de adolescencia, en sus paseos solitarios por el Retiro y el Parque del Oeste, en el pupitre incómodo del colegio del Pinar, en los ejercicios espirituales de Cuaresma o en las fiestas navideñas. La veía sutil como una niebla blanca o como la llama de un pabilo. Pero ahora desarrollada como una mujer, con sus trenzas rubias cayendo sobre dos prominentes colinas o retorciéndose en torno a una cintura de hembra joven.

El chalet que había ocupado la familia de Luis hasta el otoño de 1936 ya no parecía provisto de las comodidades de antaño. Reservaron unas habitaciones en el mejor hotel de Ribadeo. Desde allí se divisaba la amplia ría del Eo, las costas profundamente verdes de Asturias, los vaporcitos de pesca. Pero todo le parecía ahora más real, como si hubiese perdido parte de su pátina de maravilloso. Era como si alguien las hubiese empequeñecido para hacerlas más tangibles.

Luis se acercó al paseo de los tilos, con el corazón latiendo fuertemente. Los tilos estaban ahora más crecidos pero las moras aún no habían madurado.

Sí, allí estaba la «casa de los rojos». Pero rodeada de un ejército de máquinas.

—Ha venido usted a tiempo. Mañana comenzaremos el derribo —le explicó un—¿Puedo entrar en el jardín?

—Todavía puede entrar.

Las higueras aparecían ahora mutiladas y cubiertas de polvo. Sobre el plantel de begonias pendía la fatídica batea de la demoledora. El chalet había quedado reducido a su carcasa. Hondas grietas lo desfiguraban como la piel atacada por la pelagra. Olía a cemento y a yeso, a hierro cubierto de orín y a heces humanas.

Pero allí, de espaldas a Luis, estaba Luisa María, sentada sobre el mismo montículo tras el que desapareció unos años atrás, a la sombra de la vieja higuera.

—¿Me recuerdas, Luisa María? Soy Luis…

Luisa María era ahora una muchacha de dieciocho años, no tan bella como él se la había imaginado en sus fantaseos.

Era una chica pálida, inmune a los rayos ultravioletas y al yodo curtidor de la playa. Pero su mirada seguía siendo tan honda como siempre. Peces abisales aleteaban en sus pupilas.

—Sí, me acuerdo que jugamos con un balón de siete colores que saltó la valla. Pero vamos a sentarnos sobre la escalinata.

Hablaron. Y la voz de la chica salía como un dardo hacia el cielo luminoso o caía hacia la tierra, escondiéndose en lo más hondo.

Se cogieron las manos. Reían las lagartijas. El último jacinto expiró.

Brotaron las frases reprimidas durante años.

—Te amaría aún después de la muerte.

—¿Aún después de la muerte, Luis?

Luego se dieron un beso y el mundo entero explotó.

—¿Te veré mañana?

—Me verás pronto, Luis, muy pronto.

Se despidieron. Al volver los ojos hacia la escalinata, Luis vio desaparecer a la chica tras el pináculo de tierra.

Corrió jadeando a casa. Le dolía el costado derecho. Al entrar en el hotel tosió y vio en el pañuelo un coágulo de sangre. Pero no dijo nada.

Al día siguiente, contempló con balas de plomo en el alma, cómo la máquina convertía en un montón de escombros polvorientos la casa de Luisa María. Recorrió toda la villa y no encontró a su novia. Al día siguiente reanudó la búsqueda pero con resultados negativos.

Empezaba a tiritar de fiebre y cada vez era más difícil el disimulo.

—¿Sabes lo que ha ocurrido en la casa de los «rojos» que tanto te atraía cuando eras niño? —preguntó la madre a la hora de cenar.

Luis se convirtió en una enorme oreja.

—… que una excavadora encontró en el jardín restos humanos de, por lo menos, cinco personas. Esto confirma el rumor de que un grupo de patriotas fusiló al diputado socialista y a su familia, el 20 de julio de 1936, en represalia de otros crímenes cometidos por los rojos.

Luis empezó a toser. Un líquido tibio y agridulce le montaba por la garganta.

—¡Válgame Dios! ¡Este sitio está maldito para tí! ¡Vete a la cama en seguida!

Las radiografías y el análisis de esputos fueron in- misericordes: Luis padecía una tuberculosis pulmonar.

A los dos días regresó a la capital y desde allí a una mansión de «fiebre lenta y noche fría» en donde los años pasaban como un convoy parsimonioso que sé va precipitando en el vacío.

En verano, la sierra era un incensario de tomillo y de jara. Caían las agujas de los pinos como si todo el bosque fuese el costurero de una modista celeste. En invierno subían largas cendales de niebla por lo picachos y roquedos cubiertos de nieve. Los pasos parecían entonces los de un muerto. Los carromatos con los ataúdes de los tísicos fallecidos sonaban a altas horas de la noche como el deslizarse de una oruga por un sendero de hierba.

—Ya verás cuando cures —le decía su padre—, podrás tener el mejor bufete de Madrid.

Estudiaba Derecho. Sólo se trasladaba a Madrid, en un cómodo y tibio automóvil, durante la época de exámenes.

La fiebre era leve, pero el bacilo de la tuberculosis se resistía en sus trincheras pulmonares.

Un día, echado en su tumbona cara a las montañas nevadas y azules, tuvo un respingo.

—¿Y si me escapara a Ribadeo? —pensó Luis.

Fingió un permiso médico y pagó con sus ahorros un billete de Primera en el Expreso de Lugo.

Pensaba durante el viaje (como había pensado durante aquellos cuatro años de internamiento en el Sanatorio de la Sierra de Guadarrama) en aquella «casa de los rojos» que ahora habría sido sustituida por un edificio de seis plantas, donde ya no quedaría ninguna higuera. Tenía la corazonada de que Luisa María le estaba esperando ahora, allá en la norteña ciudad de Ribadeo.

El tren fue dejando tras sí montañas y llanuras. Y él se adormeció envuelto en una manta de viaje que recogía el calor febril de su cuerpo.

A la mañana siguiente estaba en Lugo. Desde allí le llevó a Ribadeo un largo autobús que gemía en las curvas de la carretera bajo eucaliptos y pinos llorones.

—¿Eres Luis Fernández? —le preguntó un señor vestido de azul marino, al llegar el autobús a su meta.

—¡Menudo susto les has dado a tus padres! ¡Anda, sube al coche que vamos a volver inmediatamente a Madrid!

Era, sin duda, un policía. Le cogió del brazo y le hizo ademanes de que entrase en el auto negro y reluciente bajo la lluvia que empezaba a caer.

Se desprendió del brazo del policía y echó a correr.

—¡Eh! ¡Estás loco! —le gritaron desde lejos.

Corría por el paseo de tilos. Ya no se oía la carrera acelerada del policía, ni sus gritos.

Tuvo un estertor y manchó el pañuelo con un ancho cuajaron de sangre. Pero fue solo un instante.

Ahora el paseo parecía iluminado por cien mil soles, como en aquella mañana de 1936. Los tilos se cimbreaban emitiendo una extraña música de campanillas de Navidad. Pájaros de todos los colores saltaban de un borde a otro del camino.

Divisó al fondo, intacta, la «casa de los rojos». Nada de bloques de seis plantas. La pintura verde de la puerta del jardín olía a nueva, relucían los cristales y el olor a higuera era embriagador.

Allí, embutida en un ramo de begonias, estaba su pelota de siete colores. Luisa María la cogía y la obligaba a botar.

—¡Hola, Luis! ¡Por fin, llegaste! ¡Te está esperando mi familia!

Luisa María era ahora una joven de veintidós años. Sus cabellos resplandecían como un arco eléctrico.

Se dieron un beso y entraron.

La casa estaba abarrotada de familiares y amigos. Se oía una radio y Luis rememoró las antiguas canciones de «Rocío, ay mi Rocío» o «Soy un pobre presidiario».

Acogieron con gritos de júbilo a la pareja.

—Voy a pedir tu mano a tus padres —exclamó Luis con firmeza.

—Mi mano y toda yo te pertenezco desde que nos conocimos por primera vez —añadió la muchacha.

—Sí, desde que decidimos amarnos hasta la muerte y más allá de ella.

Algunos invitados se habían agolpado en uno de los balcones del chalet. Miraban hacia más allá del mundo verdadero.

—Mira a tu propio cuerpo, Luis.

Miró desde el ventanal y vio a un grupo de gente que rodeaba a un muchacho caído sobre el fango. De su boca salía un charco de sangre. Pero la parte inmortal de Luis estaba ahora al lado de su prometida. Más allá del tiempo y del espacio. Más allá de todo.

Serán cenizas, más tendrán sentido.

Polvo serán, mas polvo enamorado.

Share:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribete