De la salvación del alma - Hermann Hesse

 De la salvación del alma - Hermann Hesse

De la salvación del alma - Hermann Hesse
De la salvación del alma - Hermann Hesse

Hace pocos años, un sacerdote pronunció en París unas palabras terribles contra los obispos: «Puedo creer cualquier cosa, menos que un obispo alemán pueda ganar el cielo».

Novicio: ¿Por qué condenó más a los obispos alemanes que a los franceses, ingleses, lombardos y…?

Monje: Puesto que casi todos los obispos alemanes portan ambas espadas, la espiritual y la real; puesto que deciden sobre la vida y la muerte y libran guerras, tienen que ocuparse más en la paga de los soldados que en la salvación de las almas a su cuidado. Sin embargo hallamos entre los obispos de Colonia, que eran a la vez príncipes de la Iglesia y temporales, a algunos santos, como San Bruno y los santos Heriberto y Anno. Pero en ocasión de la expresión citada se me ocurren otras palabras, aún más terribles, que dijo un difunto contra los obispos.

En Clairvaux, en nuestros tiempos, se eligió obispo a un monje. Los que lo habían elegido querían ir a buscarlo, y al negarse éste a asumir la carga de su función, se agregó la orden de su abad. Pero el monje no se sometió. Se le dejó en paz, y poco después murió. Tras su muerte se le apareció a uno de sus parientes; éste le preguntó acerca de su situación y si su desobediencia de entonces le causaba problemas ahora. El monje contestó:

—No. Si hubiera obedecido aceptando el episcopado, habría caído en la condenación eterna —y agregó las siguientes palabras—: La Iglesia ha llegado a tal punto que sólo merece ser gobernada por obispos réprobos.

—En la época del emperador Federico, abuelo del Federico que ahora nos gobierna, el obispo Cristian de Maguncia estaba sentado una vez al lado de un obispo lombardo. Sonrióse y dijo:

—Estimo que mi diócesis no es más pequeña que toda la Lombardía.

Empalideció aquel obispo bueno y se preocupó al pensar en el peligro que le aguardaba al otro cuando tuviera que rendir cuentas. Le contestó:

—Conozco los nombres de todos los que me han sido encomendados y llevo esa relación siempre conmigo.

Dicho esto, le mostró la lista al obispo de Colonia.
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