Belerofonte y Quimera - Mitologia Griega

 Belerofonte y Quimera

Belerofonte y Quimera - Mitologia Griega
Belerofonte y Quimera - Mitologia Griega


Belerofonte era hijo de una noble familia de Corinto. Cuando todavía era muy joven, el destino quiso marcar su vida con la tragedia. Sin querer, en un accidente de caza, mató a un hombre. Perseguido por su propia culpa y por la venganza de los parientes, el muchacho tuvo que irse de su ciudad natal.

Un largo viaje lo llevó hasta Tirintos, donde fue muy bien recibido por el rey, encantado con sus modales de príncipe, su inteligencia y su simpatía. Pero el mal destino seguía persiguiendo a Belerofonte.

También la esposa del rey estaba encantada con él y trató de enamorarlo. Cuando el muchacho la rechazó, indignado, ella fue a quejarse con su marido de que Belerofonte había intentado tomarla por la fuerza.

Había un solo castigo posible para un delito tan grave: la muerte. Pero el rey de Tirintos no quería romper la antigua ley de hospitalidad, que le prohibía matar a un hombre al que hubiera invitado a comer a su mesa.

Entonces decidió dejar el castigo a cargo de su suegro.

—Quisiera que le llevaras esta carta a mi suegro, que reina en Licia, donde te recibirá con todos los honores —le dijo a Belerofonte.

Yóbates, el rey de Licia, recibió al enviado de su yerno con un gran banquete. El mensaje que le entregó Belerofonte era muy breve. Decía simplemente:

Debes matar a quien te entregue esta carta

Pero tampoco el rey de Licia quería matar a ese joven apuesto y agradable, que había comido en su mesa. Entonces se le ocurrió una gran idea. Liberarse de dos problemas al mismo tiempo. O, al menos de uno de ellos.

Asolaba por entonces toda la región de Licia un espantoso monstruo, hijo, como tantos, de Equidna y Tifón. Era la Quimera, que tenía el torso de león, el resto del cuerpo de dragón, y dos cabezas, una de león y otra de cabra, por las que lanzaba fuego. Este monstruo mataba hombres y animales abrasándolos con sus llamas.

—Hijo mío —le dijo a Belerofonte—. Estoy dispuesto a compartir mi reino, dándole la mano de mi hija a quien libre a mi país de la Quimera.

—Dígame dónde está ese monstruo. ¡Yo lo mataré! —aseguró Belerofonte, que se sentía observado por los bellos ojos negros de la hija del rey, cuyas llamas podían quemar el corazón de un hombre casi tanto como las de la Quimera.

Excelente, pensó el rey. Si la Quimera mataba a Belerofonte, cumpliría con su yerno. Si Belerofonte mataba a la Quimera, al menos se vería libre del monstruo. Y si tenía mucha suerte, podrían matarse el uno al otro.

Belerofonte viajó hacia el Sur. Sabía que allí sería más fácil encontrar al monstruo. Ya no estaba tan tranquilo y tan seguro como en el banquete del palacio. Por el camino, la gente trataba de disuadirlo, contándole de qué manera horrible habían muerto otros jóvenes héroes en lucha contra la Quimera. Acampaba a orillas de un río, cuando vio un espectáculo asombroso, que jamás hubiera imaginado. Un caballo blanco, desplegando sus enormes alas, bajaba del cielo para beber de las aguas.

Era Pegaso, el caballo alado, el hijo de Medusa y Poseidón, que había brotado del cuerpo de la horrenda Medusa cuando el héroe Perseo le cortó la cabeza. Belerofonte se dio cuenta de que solo podría vencer al monstruo si conseguía montar en ese extraordinario animal. Pero ¿cómo? Apenas trataba de acercarse, el caballo levantaba vuelo. Y sin embargo, no escapaba del todo, se quedaba siempre a su alcance. De pronto, una mujer enorme, imponente y hermosa con su escudo y su lanza, se apareció ante él. Era la diosa Atenea, que venía a ayudarlo, compadecida de su destino.

Atenea le entregó a Belerofonte unas bridas y riendas de oro.

—Si logras colocárselas, Pegaso se dejará montar.

Muchos días y mucha paciencia empleó el muchacho para hacerse amigo del caballo alado y conseguir que se dejara colocar las bridas de oro. Por fin lo logró y se montó en el animal. Cuando Pegaso salió volando por el aire, Belerofonte disfrutó del viento en la cara, miró las casas y los ríos pequeños allí abajo y sintió que era el dueño del mundo.


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