El mito del cataclismo - Mito Egipcio

 El mito del cataclismo

El mito del cataclismo - Mito Egipcio
El mito del cataclismo - Mito Egipcio

El mito del cataclismo es un gran ejemplo de los trastornos temporales en la relación entre los dioses y la humanidad. Los factores más relevantes eran la profunda sospecha del dios Sol hacia los hombres y la osada confianza en sí misma de la raza humana (cuyo resultado fue la rebelión y una mortandad catastrófica).

Las relaciones entre la raza humana y los dioses dependían de una miríada de diversos microcosmos esparcidos por todo el valle del Nilo. Éstos eran los templos, cada uno gobernado por una jerarquía sacerdotal. Las responsabilidades de los sacerdotes, confiadas a ellos por el faraón, incluían rituales diarios de recitado de fórmulas religiosas y el abastecimiento de provisiones en el santuario. Si este servicio se ejercía correctamente y las ofrendas no eran escasas, entonces los dioses y diosas en cada templo de sentirían satisfechos y serían benignos con Egipto.

La minuciosa liturgia que realizaba un Sumo sacerdote era una respuesta al orden del Universo establecido por el dios creador en el principio de los tiempos. Esta estructura cósmica se personificaba en Maat, diosa de la verdad, de la conducta recta y ordenada. Los faraones eran mostrados frecuentemente sosteniendo su efigie, la de una mujer arrodillada con una pluma de avestruz sobre su cabeza, para indicar su obediencia a las leyes del dios creador. Todas las partes de una ofrenda o los cuidados de las estatuas divinas estaban rigurosamente documentados en los papiros del templo. En las paredes de los mismos templos es el faraón el que aparece realizando simbólicamente los rituales requeridos en lugar sagrado interior, por un procedimiento que muestra visualmente su responsabilidad personal en las acciones de los representantes por él nombrados en los más altos niveles del sacerdocio.

Este sistema creó en la gente un estado de ánimo optimista, pensando que las deidades del panteón egipcio estaban a favor de la raza humana. Los individuos, por supuesto, podían cometer faltas y ser castigados por un dios o diosa como resultado de sus ofensas. Excelentes ejemplos de esa falta de respeto a los dioses, que datan de la dinastía XIX (hacia el 1307-1196 a. de C.), se encuentran en las estelas de la aldea de los trabajadores de las tumbas reales, que se conoce hoy día como Deir el-Medina. Siendo dedicadas originariamente en los templos locales, estas estelas reflejan la penitencia por los errores humanos y piden humildemente a las deidades ofendidas que los libren del castigo. Así, por ejemplo, el delineante Neferabu se atrevió a molestar a un dios y a una diosa en diferentes ocasiones y les dejó estelas votivas poniendo de relieve su arrepentimiento. En una estela, en el Museo de Turín, Neferabu ha ofendido claramente a Meretseger, "La que ama el silencio", una diosa serpiente que vivía en la cumbre desde la que se divisaba la necrópolis real de la que era responsable. Por su ofensa, no especificada, Meretseger hizo que Neferabu tuviese un dolor agudo su sufrimiento es comparable a los últimos estadios del embarazo. Al final, la diosa se ablanda y le lleva "dulces brisas" para curarlo. En otra estela, en el Museo Británico, Neferabu admite que juró en nombre del dios Ptah, Señor de Maat, pero lo hizo en falso. Como consecuencia, el dios hizo que Neferabu viese "oscuridad durante el día", lo cegó. Neferabu da testimonio de la justicia de la acción de Ptah e implora la gracia del dios.

También le era posible a un monarca gobernar de manera que molestase a los dioses. El reinado del faraón Ajenatón (1353-1335 a. de C.) vio cómo el disco solar, llamado Atón, alcanzaba la supremacía, cómo se cerraban los templos y el eclipse del panteón tradicional, incluyendo a Amón-Re. Cuando su hijo Tutankhamón le sucedió en el trono de Egipto, la política de Akenatón sufrió un vuelco y los templos establecidos volvieron a funcionar. En una estela erigida en el templo de Karnak (ahora en el Museo de El Cairo) de él Faraón describe el estado de ánimo de los dioses tradicionales por los excesos de Akenatón:

… los templos de los dioses y diosas… estaban en ruinas. Sus capillas estaban desiertas y cubiertas por la vegetación. Sus santuarios era como si no existiesen y sus patios usados como caminos… los dioses volvieron las espaldas a este país… Si alguien oraba a un dios para que le diese consejo, nunca respondía, y lo mismo se puede decir de las diosas. Sus corazones estaban llenos de dolor e infligieron daño a la izquierda, a la derecha y al centro.

La restauración realizada por Tutankhamón, particularmente de Amón-Re y de Ptah, puso fin a la aflicción en todo el país y los dioses y diosas se volvieron, una vez más, favorables a Egipto.

El mito del cataclismo pervive como elemento en un corpus de ensalmos mágicos llamado el Libro de la Vaca Divina, dirigido a proteger el cuerpo del soberano. La copia más antigua de algunas secciones de este libro se encuentran en el interior de la más exterior de las cuatro capillas doradas encajadas sobre el sarcófago de Tutankhamón (r. 1333-1323 a. de C.), que originariamente estaba en su tumba del valle de los Reyes y que ahora está en el Museo de El Cairo. Hay una versión más larga de este texto en una habitación lateral de la cámara-sarcófago de la tumba de Setos I en el valle Real. Otras tumbas reales desde la dinastía XIX a la XX contienen ciertos fragmentos de esta obra, de manera que podemos montar un relato razonablemente completo del mito. El papel de la Vaca Divina se aclarará como secuela del mito del cataclismo.

La escena se sitúa en la época en la que Egipto estaba bajo el gobierno directo del dios sol Re. Este período es, por supuesto, incuantificable en términos de historia y pertenece a un pasado mítico remoto. Aunque es interesante notar que un importante papiro histórico (la Lista Real de Turín) y la lista de las dinastías de Manetón empiezan con Egipto bajo el reinado de una serie de dioses, antes de la unificación del país bajo el primer faraón en torno al 3000 a. de C. De forma irritantemente inconcreta, el Libro de la Vaca Divina describe a la raza humana "tramando planes malvados" contra Re (posiblemente había la sensación de que se había hecho muy viejo para gobernar). En efecto, posteriormente, en época histórica, los faraones tomaron cuidadosas precauciones para evitar la impresión de que la edad les impedía ser buenos gobernantes: la esencia de las Fiestas de Jubileo residía en las ceremonias destinadas a rejuvenecer el valor del monarca, y la presencia del dios Sol era evocada con la imagen de una estatua de culto del templo, cuyos huesos eran de plata, la carne de oro y el cabello de lapislázuli. Habiendo llegado a su conocimiento el complot de la humanidad contra él, Re convoca un consejo secreto de los dioses en su Gran Palacio, y aparentemente no desea advertir a la humanidad.

Re se dirige primero a Nu, la materia primitiva de la que él surgió en el comienzo de la Creación. En su discurso menciona cómo la humanidad surgió de las lágrimas de sus ojos —un juego de palabras basado en la semejanza fonética entre "hombres" y "lágrima" en la lengua egipcia (es decir, un fonema)— y ahora ellos conspiran contra él. Quiere conocer la opinión de Nu antes de matar a toda la raza humana. La respuesta de Nu es que el Ojo de Re, el ojo solar, será el instrumento para aterrorizar y dar muerte a la humanidad. Re se da cuenta ahora de que los hombres saben que está enfadado por su conspiración, y descubre que han huido a los desiertos de Egipto. Los dioses unánimemente instan a Re a que se vengue de los conspiradores.

El símbolo del Ojo de Re es complejo, pero una de sus características sobresalientes es que puede formar una entidad independiente del propio dios Sol, incluso hasta el punto de salir de viaje por regiones remotas y tener que ser engatusado para que regrese. Aquí el Ojo de Re se convierte en su hija, la diosa Hathor. Muy a menudo encontramos a Hathor en el papel de figura materna divina del faraón, amamantándolo con su leche, como un guardián de la necrópolis tebana o como la diosa del amor y del gozo a la que los griegos hicieron equivaler a Afrodita. En el mito del cataclismo, sin embargo, Hathor se convierte en una deidad de poderes destructores invencibles, que persigue a los hombres en el desierto y les da muerte. Cuando regresa junto a Re, aún se regocija deseosa de sangre, gloriándose por la masacre realizada. Para complicar la naturaleza del Ojo de Re, el mito explica ahora cómo Hathor se transforma en la diosa Sajmet —una feroz deidad leonina cuyo nombre significa la "Poderosa". Así el mito nos ofrece una vivida imagen de una leona rabiosa nadando en sangre, que atacó a la humanidad en un éxtasis de matanza.

El Ojo de Re descansa, recuperando su fortaleza para continuar matando al día siguiente. Pero el propio dios Sol ha cambiado de sentimientos, pasando de la venganza a la simpatía por la humanidad. No se nos dan indicios del motivo de este cambio. Posiblemente sea el advertir que los templos de Egipto se quedarían sin sus ocupantes sacerdotales y, en consecuencia, sus altares estarían vacíos sin ofrendas para los dioses. El modelo cósmico que el dios creador ha establecido se convertiría en defectuoso. Posiblemente, el súbito cambio de opinión tiene que ver con la resistencia de Re a sepultar en el olvido a los seres creados a partir de su propia materia (es decir, de sus lágrimas). Esta última posibilidad puede estar en relación con la creencia egipcia de que ningún elemento del cuerpo debe ser enajenado para convertirse en posesión de otro ni debe ser destruido, de ahí las cuatro jarras funerarias que contienen los órganos extraídos como parte del proceso de momificación.

Sea cual fuere el motivo, Re organiza el rescate de la humanidad de la feroz e inmisericorde diosa, cuya avidez de sangre está totalmente fuera de control. Los dioses sólo contaban con la noche para salvar a la raza humana antes de que la diosa despertase. Re envía pues a sus mensajeros personales corriendo a toda prisa (los egipcios dicen "correr como la sombra de un cuerpo") hasta Asuán para que le traigan gran cantidad de ocre rojo. Luego le dice al mismísimo "El del cierre lateral de Heliópolis", un epíteto del Sumo sacerdote del dios Sol, que exprima el ocre rojo para obtener una sustancia que las esclavas puedan mezclar con cerveza de cebada. Al poco tiempo, siete mil jarras de esta popular bebida se han llenado de cerveza que se parece a la sangre humana. Hacia el final de la noche, Re y su séquito transportan las jarras al lugar al que irá la diosa para continuar con su matanza e inundan la zona con la cerveza-sangre hasta alcanzar la altura de "tres palmos" (sobre 22,5 cm.) A la mañana, la diosa ve la "sangre" y, regocijándose ante el inesperado regalo, bebe con avidez y se intoxica. Como consecuencia, no es capaz de encontrar al resto de la humanidad que había escapado de la masacre anterior.

El resto de esta compilación, siguiendo el castigo y casi exterminio de la raza humana, trata principalmente del renacimiento y ascensión del dios Sol, y, en consecuencia, del monarca, a los cielos a lomos de la "Vaca Divina". Tanto el sepulcro de Tutankhamón como el de Setos I tienen descripciones de la Vaca "Mehet uer" o "Gran Inundación" que forma el firmamento celeste, identificada con la diosa cielo Nut. Así Re, que ahora es un dios Sol cínico y cansado de la humanidad, al final deja Egipto. Pero ello no supone una abdicación de su responsabilidad porque Re nombra a Tot, dios de la sabiduría, su regente o representante para controlar a la raza humana. De Tot, a las órdenes de Re, proviene el conocimiento que tiene la gente de las "palabras sagradas" (es decir, de los jeroglíficos) en las que están incorporadas todo el conocimiento científico, la medicina y las matemáticas.
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Sueño escarlata por C.L. Moore

 Sueño escarlata

Sueño escarlata por C.L. Moore
Sueño escarlata por C.L. Moore

Northwest Smith compró el mantón en el Mercado de Lakkmanda de Marte. Uno de sus mayores placeres consistía en vagar sin rumbo entre los puestos y barracones de aquel gigantesco mercado, cuyas mercancías procedían de todos los planetas del sistema solar, y de aún más lejos. Han sido cantadas tantas canciones y narrados tantos relatos sobre ese fascinante caos llamado Mercado de Lakkmanda, que se hace innecesario describirlo de nuevo. Smith caminaba entre una multitud cosmopolita y variopinta, con las lenguas de mil razas zumbándole en los oídos y los olores de perfumes, sudor, especias y comidas y otros mil aromas sin nombre asaltando su olfato. Los vendedores voceaban sus mercancías en los idiomas de una veintena de mundos.

Mientras paseaba entre la apretada multitud, saboreando la confusión, los aromas y las imágenes correspondientes a un sinfín de países, captó su atención un ramalazo de un peculiar rojo escarlata que parecía sobresalir corpóreamente de su fondo y asaltaba la vista con una violencia casi física. Correspondía a un mantón descuidadamente extendido sobre un baúl tallado; el baúl era un típico trabajo de las tierras secas de Marte como se apreciaba por la exquisita minuciosidad de la talla, tan extrañamente cambiante como las características de la ruda raza de las tierras secas. Smith reconoció también el origen venusiano de la bandeja de bronce que había sobre el mantón, e identificó los pequeños objetos de marfil labrado que contenía la bandeja como obra de una de las más recientemente descubiertas razas de la mayor luna de Júpiter. Pero a pesar de su vasta experiencia no lograba recordar ningún trabajo similar a aquel mantón. Intrigado, se detuvo ame el puesto y preguntó a su encargado:

—¿Cuánto vale el mantón?

El hombre, un marciano de los canales, se alzó de hombros y dijo indolentemente:

—Ah, eso. Se lo doy por medio cris. Me produce dolor de cabeza mirarlo.

Smith hizo una mueca y dijo:

—Le doy cinco dólares.

—Diez.

—Seis y medio, y es mi última oferta.

—De acuerdo, lléveselo. —El marciano sonrió y apartó la bandeja llena de objetos de marfil que había sobre el baúl.

Smith tomó el mantón. Se adhirió a sus manos como una cosa viva, más suave y ligero que la lana marciana. Pensó que debía de estar hecho con el pelo de algún animal más que con una fibra vegetal, dada su peculiar adherencia, como de cosa viva. Y el loco dibujo lo turbaba con su indescriptible rareza. Distinto de cualquier dibujo que hubiera visto en todos los años de sus correrías, aquel violento escarlata enredaba su indescriptible arabesco en una línea continua y enmarañada sobre el oscuro azul del fondo. El fondo azul estaba exquisitamente matizado de verde y violeta, suaves colores vespertinos en contraste con los cuales el violento escarlata llameaba como algo más vivo y siniestro que un simple color. Casi le pareció que podía meter la mano entre el color y la tela, tan vividamente se destacaba sobre el fondo.

—¿De dónde procede esto? —le preguntó al vendedor.

El hombre se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Estaba en un lote de ropa procedente de Nueva York. A mí también me inspiró curiosidad, y pregunté sobre su procedencia. Me dijeron que había sido vendido por un vagabundo venusiano que aseguraba haberlo hallado en una nave abandonada que flotaba alrededor de un asteroide. No sabía de qué nacionalidad era la nave: dijo que parecía un modelo muy antiguo, probablemente una de las primeras naves espaciales, construidas antes de que se adoptaran los emblemas de identificación. Me extrañó que lo vendiera en un lote de ropa vieja; hubiera podido conseguir por él mucho más en cualquier sitio.

—Qué curioso —dijo Smith, mirando el extraño dibujo—. Bueno, es bastante cálido y ligero. Si no me vuelvo loco mirando el dibujo, dormiré caliente por las noches.

Apelotonó el mantón en una mano; cabía holgadamente en su palma todo entero. Se metió el sedoso paquete en un bolsillo y se olvidó de él hasta su regreso a su alojamiento, aquella noche. Había alquilado uno de los cubículos de acero en el gran edificio metálico en que el gobierno marciano alojaba a los viajeros por una módica cantidad. El objetivo de aquel edificio era alojar esa abigarrada horda de hombres del espacio que pululan por todas las ciudades portuarias de los planetas civilizados, ofreciéndoles un acomodo lo suficientemente satisfactorio y barato como para que no fueran a parar a los bajos fondos de la ciudad y se mezclaran con los malhechores.

El gran edificio de acero en el que se alojaba Smith y un sinfín de otras personas no estaba del todo libre de la influencia de los bajos fondos marcianos, y si la policía hubiera hecho allí una redada un buen porcentaje de sus inquilinos hubieran sido transferidos a las prisiones del Emperador... Smith entre ellos, pues sus actividades rara vez estaban de acuerdo con la ley, y aunque en aquel momento no podía recordar ninguna falta concreta cometida en Lakkdarol, cualquier investigador hubiera podido seguramente formular algún cargo contra él. De todos modos, la probabilidad de una redada policial era muy remota, aunque Smith sabía que el lugar estaba lleno de piratas del espacio, fugitivos y delincuentes de todas las calañas.

Una vez en su pequeño cubículo, encendió la luz y vio una docena de borrosas réplicas de sí mismo reflejadas en las paredes de acero. En aquella curiosa compañía, se sentó en una silla y sacó el mantón. Al reflejarse en las bruñidas paredes y en el suelo y el techo del cubículo, produjo un súbito serpenteo de dibujos escarlata que por un momento convirtieron la habitación en un extraño caleidoscopio, como si las paredes se abrieran a una nueva dimensión donde aquel dibujo escarlata parecía agitarse como una cosa viva. Luego los reflejos se aquietaron, y solo quedó la imagen de un hombre alto y bronceado de pálidos ojos con un curioso mantón en las manos. Había un extraño y sensual placer en la forma en que aquella especie de lana sedosa se adhería a sus dedos, en su calidez y ligereza. Extendió el mantón sobre la mesa, intentando seguir con el dedo las líneas de aquel intrincado diseño, y cuanto más lo miraba más se convencía de que debía de haber un propósito en aquel trazado, y que si lo examinaba lo suficientemente a fondo daría con su significado.

Aquella noche, al acostarse, extendió el mantón sobre su cama, y su brillo coloreó sus sueños fantásticamente... El retorcido dibujo escarlata era un laberinto por el que deambulaba ciegamente, y a cada vuelta se volvía y veía miles de réplicas de sí mismo vagando sin rumbo por el laberinto. A veces el camino se agitaba bajo sus pies, y cada vez que creía haber llegado al final se retorcía en nuevos recovecos. El cielo era un gran mantón con un recamado escarlata que fluctuaba ante sus ojos, hasta convertirse en una fantástica Palabra de un idioma sin nombre, cuyo significado estuvo a punto de captar, despertando aterrorizado justo en el instante en que la comprensión iba a abrirse paso en su mente.

Se durmió de nuevo y vio el mantón colgando en una azul oscuridad... Ahora era una puerta y el dibujo escarlata estaba grabado en ella... una extraña puerta en un alto muro, apenas perceptible a través de una neblinosa penumbra exquisitamente matizada de verde y violeta, de modo que no parecía una penumbra de este mundo, sino el extraño y dulce crepúsculo de un lugar donde el aire estaba impregnado de vetas coloreadas y el viento no existía. Avanzó hacia la puerta sin realizar esfuerzo alguno, y ésta se abrió ante él. Subía por una larga escalera. La coloreada penumbra aún velaba el aire, por lo que solo podía ver vagamente los escalones que se alzaban ante él y penetraban en la niebla. Entonces, súbitamente, percibió un movimiento en la oscuridad, y apareció una joven corriendo escaleras abajo. En su rostro se leía el terror, y estaba cubierta de sangre de la cabeza a los pies. En su ciega huida no había visto a Smith, pues chocó bruscamente con él.

El impacto estuvo a punto de hacerle caer, pero sus brazos se cerraron instintivamente alrededor de ella, y por un momento la mujer permaneció inmóvil, profundamente agotada, sollozando contra su pecho y demasiado exhausta para preguntarse siquiera quién había interceptado su fuga. El olor de sangre fresca procedente de sus horriblemente impregnadas ropas asaltó el olfato de Smith. Por fin ella alzó la cabeza, mostrando un rostro bronceado y unos labios color fresa. Su cabello salpicado de sangre era tan increíblemente dorado que casi parecía naranja. Sus ojos eran castaños con un toque rojizo, y la fantástica belleza de su rostro tenía un salvaje matiz distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Debía de ser la mirada de aquellos ojos.

—Oh... —sollozó ella—. Eso... Eso la está... ¡Suéltame! Déjame ir...

Smith la sacudió suavemente.

—¿De qué hablas? ¿De qué tienes miedo? —le preguntó—. Estás cubierta de sangre... ¿Estás herida?

Ella sacudió la cabeza violentamente.

—No... no... Déjame ir... Tengo que... No es mi sangre... es de ella...

Un violento sollozo cortó su frase, y acto seguido se desmayó en brazos de Smith, que alzó su cuerpo exánime y prosiguió escaleras arriba, a través de la niebla violeta. Transcurrieron unos cinco minutos antes de que la penumbra se aclarara un poco y pudiera ver que la escalera terminaba en un largo corredor abovedado. A un lado del corredor había una hilera de puertas bajas, y Smith entró en la más próxima. Daba a una galería cuyos arcos se abrían a un espacio azul. Había un banco bajo las ventanas de la galería; Smith fue hacia él y depositó suavemente a la joven.

—Mi hermana —sollozó ella—. Eso tiene a mi hermana... ¡Oh, mi hermana!

—No llores —dijo Smith, sorprendiéndose al oír su propia voz—. Es solo un sueño. No llores... no hay ninguna hermana... tú tampoco existes... no llores de ese modo.

La mujer alzó la cabeza y por un momento dejó de sollozar, contemplándole con sus ojos castaños bañados en lágrimas. Miró con ojos inquisitivos su tez bronceada, su traje de hombre del espacio, su rostro surcado de cicatrices, sus ojos pálidos como acero. Y entonces una mirada de infinita piedad suavizó aquel extraño rostro, y la joven dijo dulcemente:

—Oh... vienes de... de... ¡Todavía crees que estás soñando!

—Sé que estoy soñando —insistió Smith con infantil obstinación—. Estoy durmiendo en Lakkdarol y sueño contigo y con todo esto, y cuando despierte...

Ella sacudió la cabeza tristemente.

—Nunca despertarás. Has venido a parar a un sueño mucho más terrible de lo que nunca podrías imaginar. No se regresa de este país.

—¿Qué dices? ¿Por qué no?

Un pánico absurdo se iba insinuando poco a poco en la mente de Smith al oír el tono de infinita piedad de su voz y la convicción de sus palabras. Sin embargo aquél era uno de esos sueños durante los cuales uno sabe perfectamente que está soñando. No podía equivocarse...

—Hay muchos países del sueño —dijo ella—, muchos nebulosos e irreales lugares donde vagan las almas de los durmientes, lugares que solo poseen una momentánea y leve existencia... Pero aquí (ha ocurrido otras veces, ¿sabes?) uno no puede llegar sin traspasar una puerta que solo se abre en una dirección. Y quien tiene la llave adecuada para abrirla puede entrar, pero nunca podrá encontrar el camino de vuelta a su propio mundo. Dime, ¿qué llave te abrió la puerta a ti?

—¡El mantón! —susurró Smith—. Claro... El maldito dibujo rojo...

—¿Cómo era? —preguntó ella sin aliento—. ¿Puedes recordarlo?

—Un dibujo rojo —dijo él lentamente—. Un bordado escarlata en un mantón azul... Un dibujo de pesadilla... grabado sobre la puerta por la que entré... Pero solo es un sueño, por supuesto. En unos minutos despertaré...

—¿Puedes recordar? —insistió ella excitada—. El dibujo, el dibujo rojo... ¿No había una palabra?

—¿Una palabra? —murmuró como atontado—. ¿Una palabra... en el cielo? No... no, no puedo recordar. Era un dibujo enloquecedor. No puedo borrármelo de la mente, pero tampoco podría describirlo, ni reproducirlo. Nunca vi nada igual... afortunadamente. Estaba sobre el mantón...

—Bordado sobre un mantón —susurró ella para sí—. Sí, por supuesto. Pero no entiendo cómo pudiste venir a través de él... cuando eso... cuando eso... ¡Oh!

El recuerdo de la tragedia que la había empujado escaleras abajo volvió bruscamente, y de nuevo estalló en lágrimas.

—¡Mi hermana!

—Cuéntame lo que ha pasado —la apremió Smith, saliendo de su atontamiento al oír sus sollozos—. ¿Puedo ayudarte? Por favor, déjame intentarlo... Cuéntame lo que pasa.

—Mi hermana —dijo ella desmayadamente—. Eso la agarró... La agarró ante mis ojos y me salpicó con su sangre...

—¿Eso? ¿Qué es eso? —preguntó mientras su mano se movía instintivamente hacia su pistola.

Ella captó el gesto y sonrió tristemente.

—Eso —dijo—. La... la Cosa. Ninguna pistola puede herirlo, ningún hombre puede combatirlo... Apareció y eso es todo.

—Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo es? ¿Está cerca?

—Está en cualquier lugar. Nunca se sabe... hasta que la niebla empieza a espesar y se ve a través de ella la pulsación roja... pero entonces es demasiado tarde. Nosotros no lo combatimos, ni pensamos en ello demasiado... de lo contrario la vida sería insoportable. Pues eso tiene hambre y debe ser alimentado, y nosotros le servimos de alimento...

—¿De dónde vino eso? ¿Qué es?

—Nadie lo sabe... Siempre ha estado aquí... Siempre estará... Es demasiado nebuloso para morir o ser muerto... Es algo que procede de algún extraño lugar que no podemos ni imaginar... Algún lugar tan lejano en alguna dimensión tan inconcebible que nunca tendremos el menor conocimiento de su origen...

—Si come carne —dijo Smith— debe de ser vulnerable... Y yo tengo mi pistola.

—Inténtalo, si quieres —susurró ella—. Otros lo han intentado y eso siempre vuelve. Creemos que habita aquí, si es que habita en algún lugar. Nos... sujeta... más a menudo... en esos corredores que en ningún otro lugar. Si quieres puedes esperarlo con tu pistola bajo estas bóvedas. No tendrás que esperar mucho.

—Todavía no estoy preparado para intentarlo —dijo Smith—. Si la Cosa vive aquí, ¿por qué venís?

Ella se estremeció penosamente.

—Si no venimos, eso viene tras nosotros cuando está hambriento. Y nosotros venimos aquí para... para alimentarnos... No podrías entenderlo; pero, como has dicho, es un lugar peligroso. Deberíamos irnos ahora. Vendrás conmigo, ¿verdad? Ahora estoy sola.

—Por supuesto. Lo siento. Haré lo que pueda por ti... hasta que despierte.

—No despertarás —dijo ella serenamente—. Es mejor que no te hagas ilusiones. Estás atrapado aquí con todos nosotros, y aquí permanecerás hasta que mueras.

El se levantó y le tendió su mano.

—Vamos, entonces —dijo—. Tal vez tengas razón, pero... Bueno, vámonos.

Ella tomó su mano y se levantó. Su cabello anaranjado, de un color demasiado fantástico para algo que no fuera un sueño, ondeó tras ella, luminoso. Smith observó que llevaba una sencilla vestidura blanca, corta y ceñida, sobre su cuerpo bronceado. La mujer constituía una imagen de extraño y vivido encanto, toda blanca, dorada y cubierta de sangre en la luminosa penumbra de la galería.

—¿Dónde vamos? ¿Fuera? —preguntó Smith señalando hacia el espacio azul que se veía al otro lado de las ventanas.

Ella tuvo un ligero estremecimiento de disgusto.

—¡Oh, no! —exclamó.

—¿Qué es eso?

—Escucha —dijo ella sujetándole por los brazos y mirándole seriamente—. Si te quedas aquí, y tendrás que quedarte, pues solo hay un camino para salir, aparte de la muerte, y ese camino es incluso peor que morir, has de aprender a no hacer preguntas sobre el... el Templo. Esto es el Templo. La Cosa mora aquí. Y aquí no-nosotros nos... alimentamos. Conocemos ciertos corredores y nos limitamos a ellos. Es más sensato. Tú me has salvado la vida cuando me detuviste en las escaleras. Nadie ha bajado nunca en medio de esa niebla y ha vuelto. Debería haberme dado cuenta al verte subir que no eras uno de los nuestros... Sea lo que fuere lo que hay más allá, adonde quiera que lleven estas escaleras... es mejor no saberlo. Es mejor no mirar por las ventanas de este lugar. Pues desde fuera el Templo parece bastante extraño, pero, mirando al exterior desde dentro, se pueden ver cosas que es mejor no ver... Qué es este espacio azul o adonde da esta galería, no lo sé y no tengo deseos de saberlo. Hay aquí ventanas que se abren a cosas extrañas, pero nosotros apartamos la vista cuando pasamos frente a ellas. Tú aprenderás a hacer lo mismo.

Ella tomó su mano, sonriendo levemente.

—Ahora ven conmigo.

En silencio, dejaron la galería que daba al espacio y regresaron al corredor donde la niebla azul flotaba con sus bellos matices de verde y violeta confundiendo la vista, rodeados de una gran quietud. El corredor conducía en línea recta hacia los grandes portales del Templo, que en forma de un fabuloso triple arco se abrían al exterior, a un extraño día como nunca había visto en ningún planeta. La luz no procedía de una fuente visible, y tenía una extraña calidad, como si uno estuviera mirando a través de un cristal o a través de un agua clara que temblara levemente de vez en cuando. Sobre ellos había un cielo tan insólito como todo en aquel maravilloso país de ensueño.

Permanecieron bajo el gran arco del Templo, mirando al exterior. Posteriormente, Smith nunca pudo recordar exactamente qué era lo que hacía aquel paisaje tan profundamente extraño, tan vagamente terrible. Había árboles, masas de verde y bronce sobre la brillante hierba, y a través de las hojas pudo ver el brillo del agua no muy lejos. A primera vista parecía una escena totalmente normal... Sin embargo, ciertos pequeños detalles captaron su atención y le hicieron sentir escalofríos. La hierba, por ejemplo... Cuando bajaron y empezaron a cruzar el prado hacia los árboles tras los cuales resplandecía el agua, se dio cuenta de que las briznas eran cortas y suaves como el pelaje de un animal, y parecían adherirse a los pies descalzos de su compañera. Además se dio cuenta de que grandes extensiones de hierba ondeaban desde todas direcciones hacia ellos, como si el viento soplara de todas partes a la vez hacia el lugar que ellos ocupaban. Sin embargo, no había ni un soplo de viento.

—Está... está viva —susurró—. ¡La hierba!

—Claro —dijo ella con indiferencia.

Entonces se dio cuenta de que las copas de los árboles también se agitaban de vez en cuando, a pesar de que no había viento. Se movían en todas direcciones, animados por una vida propia. Cuando llegaron a la franja boscosa miró intrigado hacia arriba y oyó el susurro de las hojas sobre él, inclinándose hacia abajo como si sintieran curiosidad a su paso. Las hojas nunca se inclinaron lo suficiente como para tocarlo, pero un siniestro aire de expectación, de vitalidad, flotaba en todo aquel paisaje viviente, y el estremecimiento de la hierba les seguía a donde quiera que fuesen. El lago, como la penumbra del Templo, era de un profundo azul matizado de violeta y verde, y no parecía agua de verdad, ya que las manchas coloreadas no se extendían ni cambiaban al moverse.

En la orilla, un poco más arriba de la línea del agua, había un edificio pequeño, parecido a un sepulcro o templete, construido con una especie de piedra cremosa, cuyas paredes se reducían a una serie de arcos abiertos a aquel día azul y translúcido. La joven le condujo a la entrada con negligentes ademanes.

—Yo vivo aquí —dijo sencillamente.

Smith contempló aquello. Estaba prácticamente vacío, a excepción de dos pequeñas camas, cubiertas cada una de ellas por dos cobertores azules. Tenía un aspecto muy clásico, por su blancura y austeridad y con aquellos arcos abiertos a un paisaje boscoso y verde.

—¿No tienes frío aquí? —le preguntó Smith—. ¿Dónde comes? ¿Y dónde tienes tus libros, tu ropa, tu comida?

—Tengo algunas túnicas bajo mi cama —dijo ella—. Eso es todo. Aquí no hay libros, ni más ropa ni comida. Nosotros comemos en el Templo. Y nunca hace más frío ni más calor que ahora.

—Pero, ¿qué es lo que hacéis?

—¿Hacer? Oh, nadar en el lago, dormir y pasear por los bosques. El tiempo pasa rápidamente.

—Idílico —murmuró Smith—, pero, en mi opinión, un poco aburrido.

—Cuando uno sabe —respondió ella—, que el instante siguiente puede ser el último, la vida se saborea profundamente. Se goza lo más que se puede cada una de las horas. A nosotros no nos resulta aburrido.

—¿Pero no tenéis ciudades? ¿Dónde es tan los demás?

—Lo mejor es no formar grupos numerosos. Parece que atraen más a... la Cosa. Vivimos en grupos de dos o tres... a veces solos. No tenemos ciudades. Y no hacemos nada... ¿Para qué emprender algo si sabemos que no veremos su fin? ¿Para qué preocuparnos demasiado por nada? Ven, vamos al lago.

Le tomó de la mano y le condujo a través de la hierba viviente hacia la orilla arenosa del agua. Smith contemplaba la superficie del lago donde vagos colores se mezclaban con el azul, tratando de no pensar en las fantásticas cosas que le estaban pasando. Además, le resultaba difícil pensar allí, en medio de aquel azul y del silencio, en medio de aquel aire de ensueño que le rodeaba... El agua difusa golpeaba la orilla produciendo sonidos débiles, sofocados, como la respiración de alguien que duerme. Aquel lugar parecía soñoliento, con aquélla calma y aquellos colores de ensueño, así que Smith, después de todo, no estaba seguro de si en su sueño se había dormido por unos momentos. Porque ahora oyó que algo se movía y vio que la joven se sentaba de nuevo a su lado, cubierta por una túnica; se había lavado las manchas de sangre. No pudo recordar en qué momento ella se había separado de él, pero, en todo caso, tampoco le preocupó.

Durante un momento, la luz había disminuido, haciéndose borrosa, e, imperceptiblemente, una luz azul de atardecer los envolvió, una luz que parecía salir del lago, porque parecía participar de la misma difusa tonalidad azul, realmente onírica, mezclada con vagos colores. Smith pensó que le agradaría no abandonar nunca aquella fría arena, quedarse allí para siempre, en medio de aquella penumbra difusa y del silencio de su sueño. No hubiera sabido decir cuánto tiempo había permanecido allí sentado. La paz azul le envolvía profundamente, hasta que quedó impregnado de aquellos suaves colores del atardecer y transido por aquella calma.

La luz se fue oscureciendo hasta que no pudo percibir nada más que las olitas más cercanas, lamiendo la arena. En torno a él, aquel mundo onírico se mezcló con la penumbra azul-violeta. No recordaba haber vuelto la cabeza, pero ahora se encontraba mirando a la joven que tenía junto a él. Estaba tumbada sobre la pálida arena, y su cabello era una mancha oscura que enmarcaba la palidez de su cara. En la penumbra su boca era también oscura, y desde la oscuridad que se formaba bajo sus pestañas, Smith se fue dando cuenta poco a poco de que ella le miraba sin parpadear. Permaneció allí sentado en silencio, durante un largo tiempo, con sus ojos fijos en los de la chica.

Y entonces, con ese movimiento propio de los sueños, se dirigió hacia ella tendiéndole los brazos. La arena era fría y suave y la boca de la mujer sabía a sangre. En aquella tierra no salía el sol. Se hacía lentamente de día sobre el palpitante país, mientras la hierba y los árboles se agitaban en su despertar, movimiento terrorífico en la belleza de la mañana. Cuando Smith se despertó, vio que la chica salía del lago, con el agua azul desprendiéndose de sus cabellos naranja. Gotitas azules se deslizaban por su piel cremosa, y ella reía, chorreando de pies a cabeza en el ardiente amanecer. Smith se incorporó en la cama y apartó el cobertor azul.

—Tengo hambre —dijo—. ¿Cuándo y cómo vamos a comer?

La sonrisa se desvaneció del rostro de la mujer en un suspiro. Agitó violentamente sus cabellos y dijo extrañada:

—¿Hambre?

—¡Un hambre mortal! ¿No me habías dicho que encuentras tu comida en el Templo? Vayamos, pues.

La mujer le lanzó una mirada enigmática bajo sus largas pestañas y se dio la vuelta.

—Muy bien —dijo.

—¿Algo anda mal? —La tomó mientras pasaba y la sentó sobre sus rodillas, depositando un beso fugaz en su boca. De nuevo notó aquel sabor a sangre.

—Oh, no —ella agitó sus cabellos y se levantó—. Estaré lista en un momento, y enseguida vamos.

Volvieron a pasar por aquel lugar donde los árboles se inclinaban expectantes, y atravesaron la extensión de hierba, palpitante. Desde todas direcciones llegaban a ellos olas de aquella hierba como había sucedido antes. Smith se esforzó por ignorarlo. Contemplaba la escena matutina mientras una corriente indefiniblemente desagradable recorría la superficie de aquella maravillosa tierra. Mientras atravesaban la hierba viviente, de repente recordó algo y dijo:

—¿Qué quisiste decir ayer cuando hablaste de que no había otra salida que la muerte?

Al responderle, ella no le miró a los ojos, pero su voz denotaba turbación.

—Peor que la muerte, fue lo que dije. Una salida de la que no voy a hablarte aquí.

—Si no existe ninguna salida, yo debo saberlo —insistió Smith—. Dímelo.

Sus cabellos de color naranja caían como una cortina que les separase. Bajando la cabeza, ella dijo con una voz sin matices:

—No podrías salir. Es una salida muy difícil. Y... y yo no deseo que te vayas ahora...

—Debo conocerla —dijo Smith impaciente.

Entonces ella se detuvo y le miró con sus ojos avellana alterados.

—Está bien —dijo finalmente—. Es en virtud de la Palabra. Pero esa puerta no se puede atravesar.

—¿Por qué?

—Pronunciar la Palabra significa la muerte. Literalmente. Yo no la conozco ahora, no podría decírtela aunque quisiera. Pero en el Templo existe una habitación donde esta Palabra se encuentra grabada en rojo sobre la pared, y su poder es tan inmenso que su eco resuena eternamente en la habitación. Si uno se sitúa ante la inscripción y permite que su fuerza le golpee el cerebro, la escuchará y la conocerá... y gritará las pavorosas sílabas en voz alta... y eso mata. Se trata de una palabra tan ajena a nuestro ser que, al pronunciarla, el eco que produce en la garganta de un ser humano es lo suficientemente disgregador como para rasgar cada una de las fibras del cuerpo y desintegrarlas, atomizarlas, para destruir el cuerpo y la mente de forma tan drástica como si nunca hubieran existido. Y como el sonido es tan violento, consigue abrir durante un instante la puerta que existe entre tu mundo y el mío. Pero el peligro es aterrador, porque puede abrir también las puertas de otros mundos por las que podrían introducir cosas más terribles que las que jamás podríamos soñar. Algunos dicen que fue así como la Cosa llegó a nuestro mundo hace millones de años. Además, si uno no se coloca exactamente en el lugar donde se abre la puerta, en el preciso rincón de la habitación que está protegido (al igual que el centro de un ciclón está en calma), y si no pasas en el preciso instante en que suena la Palabra, te romperá en pedazos. Ya ves que resulta impos...

En ese instante ella guardó silencio y miró hacia abajo con una cierta expresión de fastidio, después dio dos o tres pequeños pasos corriendo y se volvió.

—La hierba —explicó tristemente, señalando a sus pies. En sus bronceados pies podían verse leves señales de sangre—. Si uno se detiene demasiado en un lugar sin mover los pies, la hierba puede perforar la piel y beber; qué tonta he sido al olvidarlo. Pero ven.

Smith fue junto a ella, mirando a su alrededor con recelo aquella adorable y hermosa tierra, demasiado bella y aterradora para no formar parte de un sueño. A su alrededor, la hierba hambrienta se deslizaba formando olas mientras ellos avanzaban. ¿Comerían también carne los árboles? Árboles caníbales y hierba vampira; Smith sintió un estremecimiento. El Templo se alzaba ante ellos, un edificio construido con un extraño material del mismo tono azul difuso que adquieren las montañas de la Tierra cuando se las contempla de lejos. Esa calidad difusa no disminuyó ni aumentó a medida que se aproximaban. También los contornos del lugar resultaban misteriosamente difíciles de precisar en la mente. Smith nunca pudo entender por qué. Cuando intentaba concentrarse en un punto particular, en una torre o en una ventana, aquello permanecía borroso, como si aquel extraño y difuso edificio estuviera situado justo en el borde de otra dimensión.

Desde el inmenso triple arco de la entrada, un arco que no se parecía en nada a lo que había visto antes, pero que resultaba tan difícil de apreciar con claridad que no podría haber dicho en qué consistía la diferencia, apareció, mientras se aproximaban, un hilo de humo azul pálido. Cuando penetraron dentro comenzaron a caminar a través de una penumbra que Smith acabaría conociendo muy bien. El inmenso corredor aparecía borroso ante ellos, pero después de algunos pasos la mujer le atrajo junto a ella, haciéndole penetrar por otra entrada que daba a una larga galería, a través de cuya neblina pudo distinguir filas de hombres y mujeres, arrodillados cara a la pared, con la cabeza baja, en actitud de oración. Ella le llevó hasta el final, y entonces vio que estaban arrodillados delante de pequeños caños insertos en el muro a intervalos regulares. Ella se arrodilló ante uno de ellos e hizo que él la imitara; luego inclinó la cabeza y puso sus labios sobre la pequeña espita.

Vacilante, Smith siguió su ejemplo. En el preciso instante en que su boca tocó aquello, brotó una extraña y cálida sustancia que penetró en su boca, a la vez dulce y salada. Tenía un extraño sabor acre, y cuanto más bebía más deseos le entraban de hacerlo. Resultaba endiabladamente delicioso, y sentía al beberlo que una sensación cálida recorría todo su cuerpo. Sin embargo, algo oculto en las profundidades de su memoria hacía brotar en él una sensación de desagrado... En algún lugar, de alguna manera, él había conocido aquel sabor cálido, acre y salado y... una repentina sospecha le sacudió como un latigazo y apartó sus labios de aquello como si quemara. Un fino reguero escarlata salía del muro. Se pasó el dorso de la mano por los labios y al retirarlo vio que estaba teñido de rojo. Entonces reconoció aquel olor.

La mujer continuaba arrodillada junto a él con los ojos cerrados, con una extraordinaria avidez marcada en cada uno de sus rasgos. Cuando Smith la miró, ella se volvió y abrió unos ojos en los que se marcaba una expresión de protesta, pero no apartó los labios del caño. Smith se agitó violentamente, y tras una última y prolongada succión, ella se levantó mirándole con irritación, poniendo un dedo sobre sus enrojecidos labios. Echó a andar y él la siguió en silencio, a través de las hileras que formaban los arrodillados. Cuando alcanzaron la salida, él se dirigió hacia la mujer y la sacudió irritado por los hombros.

—¿Qué era eso? —le preguntó.

Ella apartó la vista y dijo con acritud:

—¿Qué esperabas? Aquí nos alimentamos como podemos. Tendrás que aprender a beberlo sin repugnancia, si antes no has muerto.

Por un momento, él miró inquisitivamente su evasivo y extrañamente bello rostro. Después, sin pronunciar una palabra, se dirigió a la puerta de la salida. Escucho sus pasos tras él, pero no se volvió para mirarla. Y hasta que no hubieron salido a la luz del día y atravesado un buen trecho de aquella tierra cubierta de hierba, no tuvo la calma suficiente para mirar a su alrededor. Ella se detuvo junto a él, sin levantar la cabeza, mientras su cabello color naranja se agitaba a cada movimiento de su rostro, con elocuente tristeza. La sumisión de la joven le afectó, y se dirigió hacia ella con una ligera sonrisa, contemplando aquella luminosa cabeza. Ella le mostró una cara en la que se reflejaba una expresión trágica. En sus ojos color avellana había lágrimas. Así que no tuvo más remedio que sonreírle y besarla para devolverle la sonrisa. En ese momento Smith comprendió el extraño sabor amargo de sus besos.

—Ha de haber otro tipo de alimento que no sea... éste —dijo Smith cuando hubieron llegado junto al templete—. ¿No hay trigo por aquí? ¿No viven animalillos en el bosque? Y los árboles, ¿no dan frutos?

Ella le dedicó otra larga mirada bajo las espesas pestañas.

—No —respondió—. No hay nada sino la hierba que crece aquí. En esta tierra no habita más ser viviente que el hombre y la Cosa. Y en cuanto a la fruta de los árboles, da gracias a que no florece más que una vez en sus vidas.

—¿Por qué?

—Es mejor... no hablar de eso —respondió ella.

Las constantes evasivas en sus frases comenzaron a atacar los nervios de Smith. No dijo nada más; le dio la espalda y caminó hacia la playa, esperando que la arena le volvería a proporcionar la tranquilidad y la paz de la noche anterior. Su hambre había quedado curiosamente satisfecha, pese a lo poco que había tomado de aquello, y, gradualmente, aquel sosiego que sintiera el día anterior volvió a renacer en él en profundas oleadas. Después de todo, era una tierra encantadora. El día llegó oníricamente a su fin, y la oscuridad volvió a surgir del lago, y volvió a encontrar en los besos aquel sabor a sangre que, sin embargo, le sumergía en una profunda dulzura. Por la mañana se despertó con la primera luz del día, nadó junto a la joven en las azules y misterios as aguas del lago, e, inexplicablemente, volvió a atravesar el bosque y aquella extensión de hierba viva en dirección al Templo, impulsado por un hambre mayor que su repugnancia.

No podía evitar la náusea, pero tampoco aquella avidez. Una vez más, el Templo apareció ante él difuso e indefinido bajo el resplandeciente cielo, y una vez más se adentró en la penumbra de sus corredores, caminando con el paso seguro de quien conoce su camino, y se arrodilló por su propia voluntad en aquella fila de bebedores que se extendía a lo largo del muro. Al primer sorbo, la náusea brotó violentamente de lo más profundo de su ser; pero cuando el calor de la bebida se extendió por todo su cuerpo la náusea se apagó y solo sintió hambre y avidez, y bebió ciegamente hasta que la mano de la joven que se apoyó sobre su hombro le volvió a la realidad. Se había desencadenado en él una especie de intoxicación cuando el líquido ardiente y salado penetró en sus venas, y caminó tambaleándose sobre la hierba viviente. Transcurrió otro día y de nuevo la oscuridad surgió del lago.

Y así transcurría la vida en aquella tierra. Pasaban con una simpleza extraordinaria los días y las noches, entre los viajes al Templo para beber de aquellas fuentes, y los amargos besos de la joven de los cabellos color naranja. El tiempo había cesado para él. Los días transcurrían lentos e iguales, desarrollándose eternamente el mismo círculo vital, y el único cambio, que quizás él no percibía, se hallaba en la profunda mirada de los ojos de la joven cuando permanecían juntos, sus cada vez más prolongados silencios. Una noche, en el mismo instante en que la oscuridad envolvía el aire y la bruma surgía del lago, se le ocurrió mirar a su superficie y creyó ver a través de la niebla las siluetas de unas montañas muy lejanas. Le preguntó con curiosidad a la joven:

—¿Qué es lo que hay detrás del lago? Me parece que veo unas montañas.

La joven volvió rápidamente la cabeza y sus ojos color avellana se oscurecieron con una expresión que parecía de temor.

—No lo sé —dijo—. Nosotros pensamos que es mejor no averiguar qué es lo que hay más allá del lago.

Súbitamente, la irritación de Smith ante las nuevas evasivas hizo explosión violentamente.

—¡Al diablo con vuestras creencias! Estoy harto de recibir la misma respuesta a cualquiera de las preguntas que hago. ¿Tú nunca te has preocupado por averiguar nada de nada? Estáis tan paralizados por el terror de algo desconocido que cada idea de vuestro espíritu os parece mortal.

Los ojos de la mujer le dirigieron una triste mirada.

—Aprendemos con la experiencia —dijo—. Aquellos que se hacen preguntas, aquéllos que investigan... mueren. Vivimos en medio del peligro en una tierra que está viva, un peligro incomprensible, intangible, terrible. La vida se hace soportable si no investigamos demasiado, solo si aceptamos ciertas condiciones, condiciones que aceptan la mayoría. No debes hacer preguntas si deseas continuar vivo. Tanto las montañas como todas las cosas que desconocemos y que se hallan más allá del horizonte son algo tan inalcanzable como un milagro. Porque en una tierra que no ofrece ningún tipo de alimento, en la que nos es preciso visitar el Templo diariamente, ¿qué tipo de provisiones podría llevar cualquier explorador para su viaje? No, estamos sujetos a este lugar por lazos irrompibles, y debemos vivir aquí hasta que nos llegue la muerte.

Smith no respondió. Comenzaba a apoderarse de él el relax de la noche, y el breve estallido de irritación había muerto tan rápidamente como había nacido. Sin embargo, fue entonces cuando comenzó su descontento. De alguna forma, a pesar de la adorable quietud del lugar, a pesar de la dulce amargura de las fuentes del Templo y la amargura aún más dulce de los besos que obtuvo como respuesta, no pudo apartar de la mente la visión de aquellas montañas difusas. La inquietud se había despertado en él, y como el hombre que sale de su sueño, sentía cada vez más el deseo de la acción, de la aventura, de darle otra utilidad a su cuerpo que no fueran simplemente las exigencias del sueño, la comida y el amor.

Por todas partes se alzaban inquietos bosques. La hierba ondeaba, y en el oscuro horizonte las montañas le atraían. Incluso el misterio del Templo y de su eterna penumbra comenzaron a atormentar sus momentos de lucidez. Le zumbaba en la mente la idea de explorar los corredores que evitaban los habitantes de aquellas tierras, de mirar a través de aquellas extrañas ventanas que se abrían a un azul inexplicable. La vida, incluso allí, debía tener un significado diferente del que él le confería. ¿Que había tras aquellos bosques y praderas? ¿Qué misterioso país encerraban aquellas montañas? Comenzó a acosar a sus compañeros con preguntas que provocaron cada vez con más frecuencia la aparición de una mirada de terror en sus ojos, pero con ello obtenía una pequeña satisfacción.

Aquél era un pueblo sin historia, sin ambición, cuyas vidas se inclinaban a atormentarse en los momentos de mayor tranquilidad como si anticiparan el terror que habría de sobrevenirles después. La evasión era la llave de su existencia, quizás con razón. Quizá todos los espíritus aventureros que habían existido entre ellos, se habían internado, curiosos, en el peligro y habían perecido, de forma que los que quedaban eran los espíritus sumisos, llevando unas vidas bucólicas y voluptuosas en aquel Elíseo sombreado por el horror.

En aquel colorístico país, el recuerdo del mundo que habían perdido se hizo para Smith cada vez más vivido: recordaba la abigarrada multitud de las capitales de los planetas, con las luces, el ruido, las risas. Se imaginó naves espaciales atravesando el cielo de la noche con sus llamas, atravesando el espacio de un planeta a otro. Recordó los alborotos que se formaban en las tabernas, los pilotos de las naves, los tumultos, el rayo azul de las pistolas y el olor a carne quemada. Aquella vida pasaba como una película ante sus ojos, violenta, vívida, hombro con hombro, con la muerte. Y sintió nostalgia de aquellos mundos maravillosos, aunque también terribles, que había dejado tras él.

Por el día, la intranquilidad le aumentó. La joven hizo patéticos intentos para encontrar algún tipo de entretenimiento que ocupara su mente ausente. Le acompañó en tímidas incursiones por los bosques vivientes, e incluso superó su horror por el Templo siguiéndole mientras exploraba algunos corredores que hicieron nacer en ella un angustiado terror. Pero debió darse cuenta de que no había esperanza. Un día, mientras estaban tumbados sobre la arena mirando ondear el lago azul bajo un cielo cristalino, los ojos de Smith, que no se apartaban de las extrañas sombras de las montañas, se entornaron súbitamente, intensificando su palidad de acero. Se puso en pie bruscamente, apartándose de la joven que había permanecido apoyada contra sus espaldas.

—Estoy harto —dijo ásperamente, y se levantó.

—¿Qué... qué... quieres decir? —la mujer se tambaleaba sobre sus pies.

—Me voy... a cualquier lugar. Creo que hacia las montañas. ¡Y me voy ahora mismo!

—Pero, entonces ¿es que deseas morir?

—Es mejor un peligro real que una vida abúlica como ésta —dijo—. Al menos encontraré algo más de animación.

—Pero ¿qué llevarás como alimento? No hay nada que te permita mantenerte vivo, aun en el caso de que escaparas de peligros mayores. Si te quedas sobre la hierba por la noche... te comerá vivo. No tienes ninguna posibilidad de sobrevivir si abandonas este lugar... y a mí.

—Si he de morir, moriré —dijo—. Lo he estado pensando y he decidido que sea así. Podría explorar el Templo y llegar ante Eso y morir. Pero, desde luego, debo hacer algo, y me parece que mi oportunidad está en intentar llegar a algún lugar donde la tierra dé alimentos. Y voy a intentarlo. No puedo seguir así.

Ella le miró con una inmensa tristeza, mientras las lágrimas afluían a sus ojos de color avellana. El abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir una sola palabra ella se echó a reír con una risa aterrorizadora.

—Tú no irás —le dijo—. La muerte viene ahora por nosotros dos.

Lo dijo de una forma tan serena, tan carente de todo miedo, que Smith no la entendió hasta que ella le señaló algo con el dedo y se volvió hacia allí. El aire que había entre ellos y el templete estaba curiosamente agitado. En el momento en que Smith se volvió a mirar, comenzó a convertirse en una nebulosa azul que se iba haciendo cada vez más espesa y oscura... Borrosos tonos verdes y violeta penetraron a través de aquello de forma difusa, y después, imperceptiblemente, un color rosado apareció en el centro, que cada vez se iba haciendo más intenso hasta adquirir un tono escarlata que hirió sus ojos; entonces Smith se dio cuenta de que Aquello había llegado. Un aura de amenaza parecía irradiar de Aquello, penetrando en su mente. Lo sintió de forma tan tangible como lo había visto... Un peligro difuso que se dirigía inexorablemente hacia ellos. La mujer no estaba asustada. Smith se dio cuenta de ello aunque no se volvió para mirarla, pues no podía apartar sus ojos de aquella Cosa escarlata hipnóticamente palpitante... Ella le susurró muy suavemente:

—Yo tenía razón, estoy contenta —y el sonido de su voz le liberó de la trampa en que le tenía preso aquella masa palpitante.

Smith soltó una carcajada de lobo, abrupta, como dando la bienvenida a aquella diversión que le sacaba del idilio eterno en el que estaba viviendo, y la pistola apareció en su mano y de su cañón brotó la llama azul de forma tan repentina que dejó sin respiración a la mujer, que estaba tras él. Aquel resplandor de un azul acerado iluminó la envolvente neblina, pasó a través de ella sin encontrar ningún obstáculo y fue a estrellarse en la tierra unos metros más allá. Smith apretó los dientes y disparó repetidas veces contra aquella niebla, tiñéndola de azul. Y cuando aquel chorro de fuego cruzó aquella Cosa escarlata, el impacto sacudió violentamente aquella nebulosa de tal forma que sus contornos ondularon y la masa escarlata chisporroteó vivamente, comenzando a debilitarse con gran rapidez. Smith siguió barriendo con su rayo toda aquella nebulosa. Un instante después palidecía y se desintegraba, desvaneciéndose en un último destello rosa mientras la llama de su pistola seguía incidiendo en la niebla hasta quemar el suelo tras ella. Sacudió la cabeza y jadeó mientras aquella nube de muerte se hacía cada vez más tenue, hasta desvanecerse ante sus ojos, hasta que no quedó ni rastro de ella y el aire se volvió de nuevo luminoso y transparente.

El inconfundible olor de carne quemada llegó a su nariz y se preguntó por un momento si la Cosa se habría materializado en un núcleo corpóreo; pero después vio que aquel olor procedía de la hierba quemada por su llama. Las delgadas briznas semejantes al pelaje de un animal se retorcían en torno al círculo quemado, tumbándose a ras de suelo como si un fuerte viento soplara sobre ellas, y del área ennegrecida surgió una tenue columna de humo que esparcía el olor de carne quemada. Smith, recordando sus hábitos vampirescos, volvió la cabeza con náuseas. La chica había corrido hacia la arena que había tras él temblando violentamente ahora que el peligro había pasado.

—¿Era... esto la muerte? —preguntó ella respirando entrecortadamente cuando por fin pudo dominarse.

—No lo sé. Probablemente no.

—¿Qué vas... a hacer ahora?

Smith volvió a enfundar su pistola.

—Lo que había pensado hacer.

La joven gritó con desesperación:

—¡Espera! ¡Espera! —y se agarró a su brazo. Y él esperó hasta que el temblor que la sacudía hubo cesado. Entonces ella insistió—: Vuelve al templo otra vez antes de irte.

—Está bien, no es una mala idea. Puede que transcurra bastante tiempo antes de mi próxima... comida.

Así pues volvieron a atravesar la hierba viviente que se agitaba en torno a ellos en forma de amplias olas procedentes de todas partes. El Templo apareció oscuro e irreal ante ellos, y cuando entraron la penumbra azul volvió a envolverlos. Smith iba a ir como de costumbre hacia la galería de los bebedores, pero la mujer sujetó su brazo con una mano y murmuró:

—Ven por aquí.

El la siguió, cada vez más sorprendido, por el corredor a través de las extrañas neblinas, lejos de la galería que tan bien conocía. Le pareció que la bruma se hacía más espesa a medida que avanzaban, y en medio de aquella luz incierta creyó ver, aunque no podía estar seguro de ello, que los muros ondeaban de una forma tan nebulosa como el propio aire. Sintió un curioso impulso de atravesar sus intangibles barreras y salir del pasillo hacia... ¿hacia qué? Entonces notó bajo sus pies unos peldaños y tras un instante la presión sobre su brazo se hizo más fuerte. Pasaron por un bajo y grueso arco de piedra y penetraron en la habitación más extraña que jamás había visto. Parecía ser heptagonal y, cosa curiosa, en el suelo había profundamente grabadas líneas convergentes. Creyó sentir que ciertas fuerzas que escapaban a su comprensión se debatían violentamente contra los siete muros, girando huracanadamente en la oscuridad hasta que la habitación quedó sumida en un invisible tumulto.

Cuando levantó sus ojos hacia el muro, supo dónde se encontraba. Grabado sobre la oscura piedra, brillando a través de aquella penumbra como si fuera un fuego procedente de otra dimensión, la figura escarlata se retorcía sobre el muro. No sabía cómo, pero la simple visión de aquello provocó una conmoción en su cerebro y sintió que la cabeza le daba vueltas y las piernas se le doblaban cuando finalmente respondió a la presión de su brazo. Vagamente, se dio cuenta de que se encontraba justo en el centro de aquellas líneas convergentes y sintió fuerzas inexplicables recorriéndole y despertando en su interior un conocimiento que poseía. Luego sintió unos brazos que se cerraban en torno a su cuello y un cálido cuerpo que se estrechaba contra el suyo, mientras una voz susurraba en su oído:

—Si tienes que dejarme, retrocede hacia la puerta, querido... La vida sin ti... es más terrorífica que una muerte como ésta.

Depositó en sus labios un beso que sabía a sangre. Después aquel contacto desapareció y se encontró solo. A través de la penumbra pudo percibirla vagamente recortada contra la Palabra, y pensó, mientras estaba allí, que era como si las corrientes invisibles la estuvieran golpeando de forma que su cuerpo se bamboleaba ante él y sus rasgos se hacían borrosos para formarse después de nuevo, como si las fuerzas de las que él estaba tan misteriosamente protegido la tuvieran a su merced. Y vio que un cierto conocimiento se reflejaba de forma terrible sobre su rostro, como si el significado de la Palabra estuviera penetrando lentamente en la mente de la mujer. El dulce y bronceado rostro de la joven se deformó horriblemente, sus sangrientos labios se movieron para pronunciar una Palabra. En un momento de claridad vio realmente cómo su lengua se movía de forma increíble para formar las sílabas de la indefinible Palabra que nunca labios humanos habían pronunciado. Su boca se abrió en una forma imposible... Emitió sonidos en medio de aquella niebla y gritó.

Smith caminaba por un sendero serpenteante de un color escarlata tan vivo que resultaba insoportable a la vista, un sendero que se hundía, se alzaba y temblaba bajo sus pies de forma que le hacía trastabillar a cada paso. Andaba a tientas a través de una neblina violeta y verde mientras en sus oídos zumbaba un susurro aterrador, la primera sílaba de una impronunciable Palabra... Siempre que se acercaba al final del sendero, éste se agitaba y se duplicaba, mientras una debilidad como la producida por una droga penetraba en su cerebro y los colores de la onírica penumbra le arrullaban, y...

—¡Se está despertando! —sonó una voz exaltante junto a su oído.

Smith abrió pesadamente los ojos y vio una habitación sin paredes, una habitación en la que múltiples figuras se extendían hasta el infinito...

—¡Smith! ¡Northwest Smith! ¡Despierta! —urgía una voz familiar que llegaba de alguna parte.

Smith parpadeó. Aquella miríada de figuras desperdigadas se concentraron en las de dos hombres dentro de una habitación de especulares paredes metálicas. El rostro amistoso de su compañero, el venusiano Yarol, apareció sobre él.

—Por Pharon, Northwest Smith —dijo aquella bien conocida voz—, has estado durmiendo durante toda una semana. Creíamos que nunca despertarías; debió de ser una borrachera terrible.

Smith hizo una débil mueca que decía bien a las claras lo débil que se sentía y dirigió una interrogante mirada hacia la otra persona.

—Soy médico —dijo el individuo cuando captó su inquisitiva mirada—. Su amigo me llamó hace tres días y desde entonces estoy ocupándome de usted. Debe de hacer cinco o seis días que entró en coma. ¿Tiene alguna idea de qué es lo que pudo causárselo?

Los pálidos ojos de Smith recorrieron la habitación. No pudo encontrar lo que buscaba, y aunque su débil murmullo contestó la pregunta del doctor, el hombre no llegó nunca a entenderlo.

—¿Un mantón?

—He sido yo quien te ha quitado aquella cosa peligrosa de encima —confesó Yarol—. Estuvo sobre ti durante tres días y después te la quité. Ese dibujo rojo me ha dado el peor dolor de cabeza que he tenido desde que encontré la botella de vino negro sobre aquel asteroide, ¿te acuerdas?

—¿Dónde...?

—Se lo di a un tipo que iba hacia Venus. Lo siento. ¿Realmente lo querías? Te compraré otro.

Smith no respondió. La debilidad se apoderaba de él intermitentemente. Cerró los ojos escuchando el eco de aquella primera y terrorífica sílaba susurrada en su cabeza... Un susurro que procedía de un sueño... Yarol le oyó murmurar suavemente:

—Y... nunca logré saber... su nombre...

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El ánima de mi madre por Antonio Ros de Olano

 El ánima de mi madre

El ánima de mi madre por Antonio Ros de Olano
El ánima de mi madre por Antonio Ros de Olano

¡Terrible noche aquélla por cierto!

Mi calle enfila al Norte sin discrepar un ápice y está muy solitaria y ruinosa, de suerte que, mejor que calle, parece una brecha que abrió el invierno con sus baterías de viento y el empuje de sus avalanchas… ¡Oh! ¡gran sitio para celebrar un sábado! ¡Recinto pintiparado para los aquelarres! Sin embargo las brujas andan desperdigadas a tientas y a locas por el mundo, cuando no han dado con ella. ¡Ah! ¡Qué calle, qué calle la mía! Llovía a cántaros y un vendaval rabioso acababa de matar los faroles, cuando mi padre entró en casa. Estábame yo acurrucado en el barreño de la ceniza y rebujado en un ruedo leyendo a Platón al mortecino reflejo de una candileja, y como tenía mis cinco sentidos puestos en el libro, no saludé al buen señor con el tenga Ud. santas noches de costumbre. Tiróme él su capa encima muy bruscamente y sentí un frío mortal que me caló los tuétanos. Más mojado que un chopo, naturalmente sacudí los hombros y miré el rostro de mi padre. En lo que vi se hallaba enojado y eché a temblar.

—Maldecido de Dios, bien hizo tu madre en morirse al echar al mundo el fruto de su culpa. ¡Oh, cuánto horror me das!

—Padre mío, soy inocente y bueno.

—¡No! tú eres el instrumento que forjó y aguzó una mujer contra su honra y vida.

—Padre mío.

—Quita, quita, que naciste en mal hora.

—Soy inocente y bueno, laborioso y humilde. He calentado tu vianda, barrido los suelos de tu estancia y mullido tu lecho para que reposaras.

—¡Mi lecho! ¡Mi lecho!! ¡Ah! ¿Tú sabes que el vellón de mi cama está convertido en erizos de veinte años a esta parte?

—Yo he restaurado el calor de tus miembros, padre mío, con la frotación de mis palmas...

Mi padre cayó de golpe sobre los ladrillos y una palidez de muerte cubrió su rostro. Entonces me precipité a él y mis labios y mis manos llamaron a su cabeza la sangre que sin duda se había retirado a los senos del corazón para ahogarlo. Mas poco a poco la rubicundez de sus mejillas fue subiendo de punto, tanto que empezó a darme cuidado y hasta que los ojos se le pusieron como la lumbre. Mientras se mantuvo inmóvil lo sostenían mis brazos, pero luego que incorporándose me clavó una mirada, que me quemó de dos chispazos, di en huir para que más el diablo no aventara la braza. Y en siete saltos cobré la puerta, bajé seis tramos y me encontré en la calle.

La lluvia había cesado, y en su lugar un mansísimo orvallo caía como el ropaje de las sombras aplanando el espíritu. Eché a andar sin dirección, desamparado y huérfano en el mundo, sin nadie sobre la tierra para mí, oscuro el porvenir, desprovisto para la sociedad, aborrecido de un hombre y desconocido de todos, solo encogido, tímido, cobarde, el alma pura, el corazón sensible, jamás rociado en el bálsamo de las caricias, el cuerpo yerto, entumecido y flaco, sin pan y sin asilo, próximo a perecer de sentimiento. Parecíame que marchaba sobre el caos, que en verdad no sentía bajo mis pies la tierra. Las manos por delante y caminando, tropecé contra el atrio de una iglesia y me acogí a sus muros.

¡Ay!, dije, arrojando muy de cerca el hálito en mis crispados dedos. Las comunidades religiosas eran unas nuevas familias que adoptaban por hijos y por hermanos suyos a los como yo desgraciados, sin otro vínculo que la virtud; pero desde aquí fueron arrojadas al martirio las comunidades religiosas y el templo está desierto y la caridad sin sus mandatarios. ¡Estoy solo!, y mañana el sol que me caliente descubrirá mi miseria a los que pasen por junto a mí sin condolerse. Y ahora me esconde la misma noche que me hiela….tan malos son para mí la noche como el día. Mañana como hoy, ¡todo es lo mismo! Y el siempre se forma de una hora y otra y otra y la de más allá, ¡todas como ésta! ¡Ay madre mía! ¡cuál fue mi culpa al nacer!

La pena del inocente no es amarga y por eso se alivia con el llanto. Yo lloraba y llorando estaba cuando vi una lucecilla muy triste que rompía la neblina, al parecer a muy larga distancia, pero en realidad no tan lejos. Fuese acercando tanto la lucecilla que vi quién la traía y cómo. Y quien la traía érase una mujer, desnuda como un ángel, y la lucecilla no era vela, lámpara, ni farol, sino una llamita que a la mujer le brotaba desde la altura y al lado del corazón pegada al pecho. Paróse aquella ilusión, aquella realidad, aquel espíritu, aquel ente bello, misterioso, dolorido. Paróse a medio paso de mí y lentamente dejándose caer de rodillas fue luego para más de cerca contemplarme, con una amante ternura y un celestial placer que por los ojos y la boca derramaba. Embebecida, estática, sublime, llena de abnegación como una madre por su nacido, lacrimosos los párpados y cansados, los labios rebosando en pueril o fanática sonrisa…..sin aliento.

—Me muero de frío. No hay más si no que me muero. La noche se hace ya más larga que mi resistencia… y soy un pobrecito que a nadie hago mal, un pobrecito que acaba de perder a su padre, y que perdió a su madre, hace ya mucho, un pobrecito huérfano, lleno del santo temor de Dios…. ¡Oh! Sí que me muero de fríííí….o…

—Amor mío, corazón mío, alma de mi alma, del alma de tu madre que te adora. ¡Qué hermoso estás!! ¡Y cuánto has crecido! ¿y has llorado mucho? ¿y te consolaban con mimos cariñosos? Dime, ¿cuál mujer te prestó el pecho para envidiarla yo? ¡¡Querubín del cielo!! ¿Quién te comió a besos las primeras sonrisas de la infancia? ¿quién se dormía a tu lado o te arrullaba en su regazo? ¿a que dichosa despertó tu lloro? ¿quién santiguó tu frente? ¿quién ensayó tus labios a balbucear la palabra primera? ¡Ah! ¡Ah! Ven a mí que deliro de alegría. ¡Ah! Ven y ampárate del calor de la madre que es el calor más dulce y sabroso. ¡Oh! ¡Qué gozo, qué gozo! ¡Tenerlo ya tras tanto purgatorio!

—Per signum crucis. Abrenuncio Satanás. Diablo, mujer, visión o lo que tú seas, vengas de dónde vinieres, yo te conjuro y en nombre de Dios te pido, que si buscas mi perdición, huyas, como hiciste del Santo Abad Antonio, y si es que por lo contrario te ofreces en mi provecho, también de parte de Dios te pido que me digas quién eres.

—Cuál fue tu culpa al nacer, exclamabas llorando hace un instante, y se lo preguntabas a tu madre infeliz, que allá desde el seno de la eternidad como te oía, rompió la cárcel de la muerte, cerrada con las sombrías sordas puertas del misterio, que se levantaron para no caer, entre esta y la otra vida…

—¿Con que tú eres….?

—Tu madre, Leoncio mío, y tú un pedazo de este mismo corazón cuya llama es amor, que me alumbra en las tinieblas, para que mis anhelantes ojos busquen su otra mitad por el mundo y te encuentren, te reconozcan y se harten de la mirada que perdieron.

—¡Oh madre mía, madre mía, cuál fue mi culpa al nacer!

Mi madre me arrebató en sus brazos, me arrulló sobre sus muslos, con la mano izquierda sostenía mi cabeza y con la derecha muy delicadamente puso entre mis labios uno de sus pechos. Yo me dejaba querer a todo exceso. Mi madre me contemplaba y alternativamente se reía y lloraba, pero represando siempre el aliento para que la respiración no interrumpiera mi reposo. Poco a poco aquella alteración de sus afectos fue calmando y sin dejar de mecerme y con un tono melancólico jamás oído en las partituras italiana, tono semejante a los plumajes de niebla, que sobre las crestas del Sangotardo, ondulan y se pierden en la silenciosa inmensidad aquella, mitad espíritu y lágrimas lo demás. Con un tono tristísimo arrojado de los senos del corazón, cantó las estrofas siguientes para derramar unción sobre mi sueño:


Con quince mayos cumplidos
Y en su rostro la hermosura
Envuelta en pobres vestidos;
Y los ricos atrevidos
Que llaman a su clausura.
Tendrás oro, pedrería
Plumas, seda argentería;
Ricas galas que gastar;
Será tu suerte la mía
Será tu destino amar.
Arroja hermosa doncella,
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.
Amor que es el estallido
Del beso ardiente, perdido
Entre el ramaje sin fin
Del ancho verde y florido
Laberinto de un jardín;
Amor que es el abandono,
El columpio entre ilusiones;
Que el arpa y las canciones
Tristes que en lánguido tono
Llamarán a tus balcones;
Amor que es fuego en el pecho,
Que es el delirio en el lecho
Y el cielo de la mujer
Amor que es volar de un trecho
Los límites del placer
Serás reina en los estrados,
Sultana de cien galanes,
Y tus trajes recamados
Se quejarán despreciados
Al rodar por los divanes.
Altas horas de la noche
Serán música el ruido
Del aliento y el quejido,
Que prenda como de un broche
Amante un labio en tu oído.
Y tu gala y gentileza
Y el drama de tu belleza,
Abriendo el mundo por foro…
Pisarás por más alteza
Carrozas de sedas y oro.
No declinarán tus días;
Tus pupilas radiarán;
Tus continuas alegrías,
Por ser tuyas serán las mías.
Tus rivales llorarán.
Arroja hermosa doncella,
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella,
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.
Y pasaron y volvieron,
Suspiraron, padecieron,
Y tornaron a cantar.
La miraron, la dijeron
Sin descanso, sin cesar.
En su corazón nacía
Un sentimiento de cielo,
Amaba cuanto veía,
La flor y el ave que huía
Extraviada en su vuelo.
Amaba el sol y en el viento
Amaba la veleidad;
Y su pobre apartamento
Amaba hasta el sentimiento
De su virgen pubertad.
¡Ay! Amaba y padecía
deseaba y no tenía!….
¡Hija! Trabaja, por Dios,
Que ya pronto vendrá el día
Y haya pan para las dos.

Llegando aquí exhaló mi madre un quejido dolorosísimo. Era todo el recuerdo de una vida entera ya pasada, la expresión enérgica, concreta, depurada y sublime de una tragedia completa. Su quejido se clavó en mis entrañas y vibró como la espada de buen temple dentro del seno de la víctima. Conocí entonces que era yo parte del corazón de mi afligida madre, y sentí con ella y ella conmigo, la mitad cada uno de un dolor único pero inmenso.

—Leoncio, mío, enjuga tus ojos, levanta la cabeza y mírame para que mi memoria se retrate en el espejo de mi vida real. Voy a contártela tan sin rebozo y con una extensión tal, que sólo tu la sabrás en la tierra. Tú me perdonarás tanto porque tu desgracia te ha hecho más justo que el mundo, como porque mi alma lo necesita; y yo te referiré cosas que no salen del labio de las mujeres sino después de muertas ante el tribunal de Dios.

—Habla, madre mía, y llévame contigo donde no nos separe el tiempo.


En aquellos tiempos daban las doce de la noche, daba la una, y se contaban hasta las tres de la madrugada, pronunciadas a la vez con claro y distinto son por cinco relojes de cinco torres distantes. Y al expirar la postrera campanada de la última hora, se apagaba constantemente la luz en una buhardilla altísima, que en la calle del Dardo corona como por escarnio una casa de vecindad con cuatro pisos y cuarenta viviendas, semejante en la general pobreza y el mutuo encono de los asociados a esas repúblicas que llaman federales. En mil ochocientos y dos, la que estaba destinada por la Providencia a ser mi familia materna, habitaba un cuarto principal de los de la misma casa y vivía con menos holgura que estrechez. Casóse en dicho año mi madre y convino con su marido en que habitarían el piso segundo, y en este nací yo. Pronuncióse la guerra a poco y mi padre marchó a campaña.

Murieron mis abuelos. Dejamos mi madre y yo aquella vivienda y subimos veinte escalones más para bajar un real. Era ya el piso tercero nuestro acomodado retiro, cuando una bala dio mucho honor a mi padre, pero le quitó la vida y a nosotras el sustento que de él recibíamos. Entonces subimos otros veinte escalones regados con el llanto de mi madre que la pobre recuerdo que me llevaba en hombros, y no apartaba de mí los ojos, más que para encomendarme a la Virgen de los Desamparados. Sin duda que creía la mataría en breve el sentimiento. Mientras mi madre andaba las diligencias para establecer su derecho a una viudedad, que no le habían de pagar, se consumieron nuestros ahorros. Cierta mañana, que no me había dado de almorzar, llegó el casero y la regañó.

Calmóse aquello a poco, hablaron luego despacio, él contando por días y ella por quebrantos, hasta que por último cambiáronse unas llaves, dióle mi madre las gracias muy humilde, y con grande resignación cogiéndome de la mano subimos al piso quinto, que es la buhardilla altísima que desde la calle del Dardo domina toda la población y en la que en aquellos tiempos se apagaba la luz a las dos de la madrugada.

Desde los seis años de mi edad hasta unos meses antes de mi muerte, habité bajo aquel techo avariento que me reducía el espacio a medida que la edad íbame dando estatura. No he tenido amigas, no conocí el bullicio del concurso, no he pisado la arena postiza de los paseos artificiales, ni mis pies giraron nunca al compás voluptuoso de una orquesta. Solíame mandar mi madre por no dejar su faena, a que comprara en las vecinas tiendas algún frugal alimento; y muchas veces iba también a la fuente por agua, porque la que había en casa, como estaba bajo la teja vana se nos entibiaba muy pronto. Bajaba yo la escalera a tramos y cantando. Hablaba a las vecinas y corría; y en llegando a la calle solíanme besar las mujeres diciéndome:

—Dios te bendiga, ¡qué hermosa eres! —y los hombres groseros, ponían su mano sobre mi cabeza y soltaban el vapor de su aliento sobre el espejo de mi inocencia, diciéndome con tono intencionado de amenaza, placer y confianza—: crece, crece, que no te aguardan malos quince.

Era yo en efecto en la niñez, como la manzana más alta del huerto cercado; que el sol primero la calienta y las últimas auras la refrescan. Toda colores, redondez y lozanía, bullidora, versátil y parlera, brotando vida y recogiendo risas, que solían apagarse en mi buhardilla, allí junto a mi madre dolorida, los ojos bajos y las manos aplicadas a la costura más asidua, ya desde aquellos años pequeñuelos.

Cosíamos para un almacén de vestuario y lo pagaban tan poco, que apenas ganábamos el sustento. Desde que comenzamos a trepar escaleras, cada mes desaparecía de mi casa un mueble o un vestido de mi madre; pero yo siempre contenta y ella cada vez más melancólica marchábamos en progresiones opuestas. Caducó la infeliz; los ojos le enfermaron y no atinaba a enhebrar la aguja. Apuntaba yo en tanto, en desarrollo físico y destreza en el trabajo; pero ella al cabo de un tiempo quedó ciega del todo y el peso de la casa gravitó por completo sobre mí. Cosía muchísimo, hijo mío, y como los días me eran cortos y las noches caras, mientras comíamos ensartaba agujas para la próxima tarea. Tú no sabes lo que es una madre desvalida y ciega, acariciando a una hija que la mantiene; nada hay tan elevado, nada tan desgarrador, nada que tanto nos llene el corazón, ni nada tampoco que más nos haga sentir la propia insuficiencia.

—Hija —solía decirme—, ¡quién pudiera ayudarte, aunque fuera sudando gota a gota la sangre de mis venas! Y luego se afligía y palpando en sus tinieblas, buscaba mi cabeza y la besaba y tras esto continuaba diciendo—: créeme que lo haría. En cada gota de mi sangre te ofrecería un descanso; y mi último aliento se escaparía durante un sueño tuyo. ¡No muy lejos de ti! Hija mía de mi vida. Colócate en el sol y pásame la mano por los ojos, a ver si se me aclaran un poquito, ¡un poquito nada más, le pido a Dios, para mirarte! —Ella así me influía su amargura y yo procuraba distraerla cantando, pero todo era en vano; alargaba el cuello hasta sentir mi aliento en su mejilla y me decía—: tienes la voz de un ángel, pero la cólera de Dios contra su sierva apagó la antorcha de la luz dentro de mis ojos, para que la vanidad no se gozara en contemplarte. ¡Ven, abrázame mucho, apriétame, maltrátame; y que te sienta ya que no te veo!

Estos accesos se hacían insoportables. Arrojábame yo en sus brazos con un sobrante de vida matador, el cual me hacía prorrumpir en gritos histéricos y dementes caricias hasta que la postración se apoderaba de nosotras y llorábamos. Mi madre entonces, queriendo consolarme, se esforzaba diciéndome:

—No trabajes más, hermosa mía, descansa porque yo te lo ruego, que con lo que has hecho ya tenemos para mañana, y yo con pan y con agua me paso tan contenta; porque como me lo das tú, la voluntad lo sazona de todos los sabores, ni más ni menos, que aquel manjar que derramaban los ángeles sobre la grey de Dios en el desierto.

Tal mis años de la infancia corrían monótonos ignorados y labrando en cierto modo felicidad por la costumbre; hasta que unos tras otros pasando perezosos, cumpliéronse los quince de mi vida. Y durante un sueño, una pluma mágica ludió mi cuerpo, que retembló de placer; y por tres veces volvió a pasar ondulando la pluma vaporosa y otras tantas retemblé. Mis pechos se apretaron y temblaron y bajo de ellos el corazón tembló como un cervatillo asustado. Una vara encantada sin duda tocó mi frente, porque súbito a mis ojos y a compás de una música augusta que envanecía, las paredes de mi buhardilla, las unas de las otras se apartaron al infinito. Vi correrse los velos de mi mundo y otro allá en lontananza apareció. Y el mundo aquel era el movimiento, la irreflexión, la vida, la risa y la alegría de los hombres; la vanidad, el lujo y devaneo de las hembras; el ruido, la armonía, la danza y los festines de ambos sexos, mezclados en tropel y sin concierto.

El mundo aquel era de un suelo anchísimo y sin montes, y acá y allá jardines amoldados y alfombras por el suelo y ricos almohadones arrastrados; pabellones, espejos obeliscos, oro y cristal; fuentes y cascadas y primorosas aves prisioneras de todas las regiones de la tierra. Y se tendía bajo una techumbre no tan elevada, pero más cómoda que la bóveda del cielo, tersa como el firmamento y tachonada de una infinita multitud de luces ¡que no se nublaban nunca! Ignoro qué misterioso mandato me prevenía que anduviera, porque estaba destinada a formar parte de aquel gran mundo, pero lo cierto es que yo me creía andando con precipitación hacia él, cuando me despertó el primer canto de un gorrión parado en el alero de mi buhardilla.

Rodé una intensa mirada para reconocerlo todo inclusa yo misma, y vi a mi madre levantada ya; y a tientas enhebrándome agujas para la labor. Boté del lecho afuera y me arrojé a los pies de aquella anciana ciega, con un dolor de atrición penitente. Lo pasado era para mí una culpa sin absolución, que la vergüenza me impidió confesarle, a pesar de su dulce solicitud y de la suavidad de sus instancias. Mi sueño de oro fue por último envilecido con el nombre de pesadilla y tratamos de olvidarlo; pero veinte veces al día se humedecieron mis párpados; y al través de los prismas que formaban las lágrimas agolpadas, veía pasar con danza y galanura aquellos arrogantes mancebos, y aquellas galanteadas damas, de cuya felicidad distaba tanto mi escondida desgracia. Todo el gran panorama de aquel sueño estaba frente de mí.

Embebecida en la contemplación mental, los brazos me caían perezosos….. y ¡ay de mí!, el día primero que mi madre me llamó mujer con cierta extraña alegría de amor propio, fue, Leoncio mío, el día mismo en que yo empecé a conocer la honda desventura que cobija a este sexo de abnegación y de escarnio, a quien la ajena vanidad impuso leyes y la naturaleza rodeó de simas; donde nunca nos arrojamos sin ser empujadas, donde tampoco nunca caemos solas, sino con el hombre legislador, que se salva por más fuerte. Sucedió que un día, al abrir la puerta de nuestra buhardilla, oí en los pasillos inmediatos un canto extraño, un voz delgada y muy alta que una cadencia lenta y melodiosa decía:


Arroja, hermosa doncella
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.


Aquel eco impensado y unísono con el indefinible sentimiento de mi alma, movió mi curiosidad y me trajo a la mente el recuerdo completo del sueño simbólico. Entonces sin más reflexionar, me encaminé por donde había llegado hasta mí la voz; y me hallé frente a frente con una mujer, como de cuarenta años, alta, atezada, los ojos negros y radiantes, la boca rasgada, desaliñado el pelo y muy luciente, la cintura delgada y flexible como el lomo de la culebra, los pies pequeños y calzados con chapines color de rosa, y medias abigarradas; vestía saya blanca, corta y poblada de jaralares; llevaba los brazos desnudos y en cada muñeca una garzota de cascabeles, ceñíanle la garganta tres collares de abalorios, le colgaban de las orejas unos pendientes de granate y con la mano derecha daba vueltas a una pandereta que zumbaba a compás de su cantar. Al verme quedóse parada y contemplándome con cierta sonrisa y donosura picaresca. Yo le pregunté a quien buscaba y me respondió:


Reina sultana,
Flor de las flores,
Rosa temprana,
Soy la gitana
Que canto amores.


—¡Ola! —Le dije al oír su respuesta—, ¿con que tú sabrás acertar lo que, salvo la voluntad de dios, ha de suceder a todos y a cada uno de nosotros los que no conocemos vuestra ciencia?

Y me contestó muy festiva:


Oiga que sí,
La gitana es zahorí
So perla fina;
Quiromántica, adivina,
Que a quien su sino procura
Dice la buena ventura


—Y tú me la querrás decir de balde?

—A las bonitas como vuestra merced suelo yo pagarles un real columnario para que me la oigan con la sal que la digo y las muchas venturas que predigo.

—Empieza, pues, gitana, y dímela, sea mi fortuna la que se fuere.

—Déme, pues, la niña su manita de plata.


Llena de la más buena fe le entregué mi mano y no sin algún respeto quedé aguardando la revelación de mi porvenir. Cogiómela ella y abriéndola a su sabor, contó, recorrió con su dedo índice y combinó todas las rayas de la palma. Murmuraba en tanto no sé qué oración o exorcismo e iba cobrando gradualmente la gravedad de una Sibila. Yo temblaba, más la gitana medio inspirada, sin pararse en mi temor, como que replegó su espíritu en sí misma y empleó un rato, al parecer consultando con Mefistófeles o recibiendo la inspiración de Dios. Sea esto lo que fuere, arte, ciencia, revelación o impostura, dejó por fin su actitud reflexiva, clavó de hito en hito sus ojos en mis ojos, cimbreó la cintura y meneando la cabeza soltó su predicción en estos términos:

Quince mayos, quince flores
Atadas con verde cinta,
Y la última se pinta
Con el sol de los amores.
La cinta es de la esperanza;
Y el ramillete fatal
Puesto en vaso de cristal
El hombre llega y lo alcanza.
Niña de los quince mayos
Vive sola en su retiro,
Y se le arranca un suspiro
Cuando amor vibra sus rayos.
Ilusiones en el día,
En la noche ensueños de oro,
Disgusto, indolencia, lloro
Y penas que no sentía.
Ya no tardará y mañana
Tal vez que cuente llegado
Un ruido, que impensado
La llame hacia la ventana.
Verá pasar un galán
Rubio y que atento pasea,
Piafa, cambia, escarcea,
En un caballo alazán.
Más fustigando el corcel
Huirá el galán como el viento;
Y ella con el pensamiento
Seguirá al bruto y a él.
Y antes que las huecas losas
Hiera el resonante callo
De aquel hermoso caballo
De las revueltas pomposas;
Se verá como palanca
Sobre la blanca paloma,
El buitre y que se desploma
Sin que el cazador lo vea.
Volará sin ser sentido
El buitre de frente cana,
¡Pobre flor! Y una mañana
te sorprenderá otro ruido.
Sin alcanzar su aflicción,
Diránla enferma de amores,
Y espinas que fueron flores
Rasgarán su corazón.
Hará la niña dichoso
Al amador que desea,
Hasta que venga quien sea
La maldición de su esposo.
Que el buitre al huir callado
Dejó para maldecida
Una pluma desprendida
Prevenido u olvidado.
Cuanto ha dicho la gitana,
Por estas rayas lo arguye,
Fíalo al tiempo que huye
Y te lo dirá….mañana.


Dijo, y tomando su pandereta si disponía a partir, pero yo la así de la falda para rogarle por Dios y por los santos, que si bien no quería hacerlo del todo, se explicara a lo menos más claramente. -- No, -- me contestó, -- por más que quisiera no puedo: la buenaventura está ya dicha y como no sea que te cumpla oír aquel romance que se gime, se canta y se llora, mal haya amén la gitana, si se le alcanza otra cosa.

—Bueno, pues bien, empiézalo; y ya que soy tan pobre, haga por ti la fortuna, y ojalá que te veas la más rica de tu familia.

—¡Oh tórtola de los primeros arrullos! No te quejes ni me desees mayor bien que el que me guardo. Yo no tengo familia y mi ciencia será lo que se fuere, pero es lo muy bastante para mí. Un tiempo la cabila de mis padres apacentaba sus ganados en todo un valle; las cabras coronaban el monte y en divididas piaras los asnos y las yeguas poblaban las orillas de un río. Vino entonces sobre la tribu errante la mano negra, y no se oyó en todo el contorno más que un balido y el llanto de una criatura, eran una cabra que aclamaba a su perdido recental y una hija mamoncilla, a quien sus padres no socorrían. Ningún otro rumor sonaba a la redonda y todo lo demás estaba donde la Inquisición era servida. La cabra vino a mí y me dio su leche, seguíala yo gateando por espacio de muchas lunas. Ella me abrigaba de noche y me alimentaba de día, hasta que creciendo y viajando supimos llegar a la ermita de la Malograda, la que se encuentra mitad en medio del bosque de los Áloes. Allí todas las mañanitas, con la brisa en las ramas de los sauces, se formaba una armonía que aprendí en la naturaleza y del hondo del santuario salían las palabras que voy a cantar.

Dijo y dio muchas y muy rápidas vueltas a su pandereta, que de nuevo empezó a zumbar. Imposible me era sacudir la fascinación que sobre mis sentidos obraba la gitana, y ella en tanto comenzó a cantar el fúnebre lamento, aquel que antes me oíste, hijo mío, y daba sin parar, en torno a mí, muchas fantásticas y muy pausadas vueltas. Cada vez más iba prologando sus círculos, hasta que al entonar la postrera estrofa, cuando dijo:


Hija, trabaja por Dios,
Que ya pronto vendrá el día
Y haya pan para las dos


Casi no percibía el eco y al expirar la última cadencia dio en huir por los encrucijados corredores y desapareció, dejándome apesarada sin saber de qué; y pensativa sin acertar el objeto. Mi madre, que lo ignoraba todo, me preguntó si me sentía enferma y le respondí que sí, pagando su cuidadosa ternura con mi segunda mentira. La temerosa anciana desde aquel momento instó con tanta tenacidad y de tal modo se afligía, que por calmar su angustia obedecí a sus instancias y me acosté. Palpó mi ropa y desde los pies a la cabeza la acomodó a su gusto, besóme en los labios, se llegó a la ventana y la entornó. Quemó un terrón de azúcar y se acomodó en un rincón muy silenciosa con el rosario en la mano. Creyó a poco sin duda que yo me había dormido, porque muy quedito se santiguó con la cruz de su rosario y echando mano a su cayada salió con tiento de la habitación, llevándose el picaporte.

¿Dónde iría la madre ciega, más que a pedir prestados unos reales, dados de mala gana, contados cuarto por cuarto, con una fingida historia en cada real, con una condición apretante en cada ochavo; y recibidos con una gratitud tan generosa como el martirio? Quedéme a solas, y aparté los cabellos de mi rostro, descubrí el pecho y desnudé los brazos. Quería respirar, quería espacio, libertad y silencio. Los ojos buscaron la luz y un rayo de sol penetraba escasamente por una rendija de la ventana. Los ligeros tamos se agitaban en él y las moscas danzando al monótono zumbido de sus propias alas, llegaban formando intersección con la cinta luminosa; e iban, giraban y volvían con vueltas y revueltas circulares sin cesar en rumor ni en movimiento.

Allí se aficionó mi vista indeliberadamente y aquel continuo rebullir sin orden, fue dando vaguedad al pensamiento, vértigo y confusión a los sentidos, o no acierto qué cosa me pasó. Pero a que fue realidad me inclino y no mentido devaneo reflejado en sombras por la cámara oscura de los sueños. Era un átomo brillante que se mantenía en la luz como el botón de oro dentro del fuego. Yo lo vi y luego en confusión pasó muy rápido y llegó hasta él un animal que por lo diminuto no tenía pronunciados ni el color ni la forma. El átomo impulsado por su propia escondida virtud se acreció cobrando voluntad y movimiento. El animal se mostraba impaciente pero sin ser osado a huir como podía. El átomo érase ya una chispa encendida con el soplo de la vida y se posó sobre los hombros del animal. En tal estado la chispa viviente y el animal informe volaron largo trecho, y cuanto más se alejaban más crecían.

Volvieron hacia mí en aquella misma progresión de volumen a la ida llevaban indicada y ya me parecía distinguir en el objeto un jinete que refrenaba el ímpetu de su palafrén. Los divisé por fin a mi deseo clara y distintamente. Y un color de oro purísimo a los dos les prestaba realce y hermosura. Muy joven era el caballero y el palafrén sin juicio como un niño. Daban vueltas, daban vueltas, sin perder el galope y sin que yo les quitara ojo, que no sé cuál me parecía más arrogante. O érase que el uno al otro tan unidos marchaban y tanto se prestaban de sus bellezas relativas, valor y maestría, que no acertaba la voluntad sedienta en dividir objeto tan hermoso, sino a admirarlo completo en su atrevido conjunto y galanura. Un grande rato por aquel aéreo espacio que pisaban, señoreáronse, solos, sin tropa, espectadores ni cortejo, pero de improviso apareció una atropellada cohorte de jinetes y todos juntos y el galán entre ellos, emprendieron un lucidísimo torneo.

No se oían los pies de los caballos, ni voces ni relinchos ni el campo se nublaba con el polvo, ni sonaban trompetas, ni aliento alguno, ni el menor choque que pudiera alterar la fantasía. Era el galán de los cabellos rubios quien entre todos sobresalía, su corcel más revuelto y levantado, su cintura la más ágil; y toda su apostura tan resuelta que aquella cabalgata lo envidiaba. Ya parecía que una voz muda o un secreto convenio les prevenía correr la última pareja, pues que lo vi (aunque con pena) cómo se preparaban para ello; y en esto sobrevino un estrépito dentro mi mismo cuarto. Salió cada jinete a escape y por su lado, cual si montaran en asustadizos ciervos que oyen el perro y salen disparados, más aun así fue el postrero el caballero del palafrén dorado, que cogiendo carrera emprendió un salto, y rompiendo por entre la cinta de luz, sus cabellos chispearon y lo perdí de vista. Aquel estrépito lo había producido el dejarse caer al suelo, un gato de la vecindad, muy familiarizado con mi casa. Al verlo me irrité tanto, que le arrojé la almohada, salió despavorido por donde había entrado y aquello quedó otra vez en silencio y las moscas volvieron a zumbar.

Te confieso, amado Leoncio, que el recuerdo de mi humilde tarea me causó horror y que sin embargo que la piedad filial me desgarraba el alma no podía valerme ni aun a mí misma. ¡Ah! ¡Maldita sea mi suerte! Exclamé con el primer preludio de la desesperación, e incorporándome en el lecho me vestí con desorden. Abrí de golpe los postigos y empezaba a coser, cuando sentí que muy quedito levantaba mi madre el picaporte. Entró pasito a paso y me enternecí.

—Ya estoy buena —le dije y ella bendijo a Dios.

Traía para mí la pobrecilla un cuarto de gallina dado al fiado, salvo que por él había dejado en rehenes su pañuelo. Estaba gozosa con la nueva de mi salud, pero no pudo por menos de quejárseme de todas las vecinas, las que sin exceptuar una sola se habían negado a prestarle medio duro…Estábamos en mitad de estas quejas que tanto ponen en relieve la desgracia, cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir y me saludó por mi nombre una mujer al parecer decente y para mí del todo desconocida. Traía dicha mujer un lío en la mano, pasó adelante, sentóse, desenvolvió su lío y me presentó dobladas hasta doce comisas nuevas de holanda y otro igual número de pañuelos sin estrenar. Díjela que qué significaba aquello, y me contestó que ella era viuda del teniente coronel D. Hipólito Chinchilla de Zuazo, natural de Sevilla, compariente del marquesito de Andújar y muerto por los pícaros franceses en la misma batalla que mi padre.

—Ya se ve —prosiguió—, naturalmente se tiene ley hacia aquellas personas que en mejores días fueron, como quien dice, de la familia; porque como sabe aquí la mamá, las militaras, hija, nos tratamos ni más ni menos que hermanas. Y así es que yo, sabiendo que no estaban uds. En la prosperidad que se merecen, dije a un amigo de casa, que es otro yo y hombre poderoso y muy cabal, mira fulano, una compañera mía con una hija como un sol se encuentran desgraciadas y es preciso que me sirvas completamente…. Al sujeto, hija, no hay más que pedirle, anoche se lo dije en la tertulia y esta mañanita temprano me ha remitido ese recadito que dentro del pañuelo de en medio tiene la explicación y el honorario, porque él, ¡Jesús!, no ha querido anunciarse con una limosna….¡Ca! ¡ni por pienso! Es D. Juan Pérez y López un señor, ya mayor y muy prudente.

—Déle Ud. las gracias en nuestro nombre a ese caballero y que lo encomendaré a Dios —dijo mi madre—. Y Ud., señora, hallará el premio en el cielo.

—Calle ud., por la virgen, compañera —respondió la viuda—, vaya, pues, no faltaba más. D. Juan no exige de la niña sino que le marque bien esas prendas, que están nuevecitas. Ea, yo volveré por ellas y seremos amigas.

—Las llevaré yo, señora —la respondí, y convino en ello diciendo:

—Pues no hay inconveniente, calle Mayor en la casa grande de sillería donde está el vestuario y ya estará hablado el portero para que no me la detengan a ud.

Diciendo esto se levantó, abrazó a mi madre que quedaba atónita y a mí me pidió un beso, llamándome hermosísima y profetizándome muchas venturas. Apenas se hubo ido la viuda del teniente coronel, fui desdoblando las ropas una por una, y en efecto hallé que dentro del séptimo pañuelo había envueltos en un papel hasta setenta y dos duros en oro y en el mismo papel que las monedas venían liadas decía: J.P.L. igual a 3 que multiplicado por 24 suman 72 y en igual número de pesos fuertes por esta vez se gratifica al mérito. Yo nunca había visto tanto dinero junto y me aluciné. Di un grito de alegría y puse el oro en las manos de mi madre. La buena señora se llevó a los labios aquel presente llovido del cielo y exclamó:

—La divina Providencia provee a los justos tarde o temprano, hija mía. ¡Nuestros apuros se hacían ya casi insoportables y el señor que vela sobre sus criaturas, oyó mis fervorosas súplicas! ¡Bendigamos a Dios y al bienhechor, por cuya mano nos ampara!

Pusímonos de rodillas y rezamos, y en el momento emprendí mi trabajo, sin dar treguas hasta verlo completo. Eran las dos de la madrugada del siguiente día, cuando apagué la luz y me entregué al descanso. Un pensamiento lisonjeó mi sueño: era el lujo, y reposé tranquila.

Las diez de la mañana serían apenas, cuando entraba en el portal de la casa grande de la calle Mayor. El portero era un viejo chancero con dos escarapelas, una bermeja colocada en el sombrero y otra negra puesta sobre el ojo derecho. Díjele quién yo era , y si me permitía la entrada. Y él midiéndome con el ojo sano de alto a bajo, tomando un tono picante y meciendo el cuerpo sobre las piernas, me respondió:

—Ya estoy impuesto, prenda, entre con bien ese garbo que con tal palmito de cara hay pasaporte franco, ración de etapa, alojamiento y compaña.

Entré un tanto avergonzada y muy creída que me iba a encontrar con la viuda del teniente coronel Zuazo.

Conclusión:

Pasé un recibimiento, una antesala y una sala, luego otra y después otra, todas muy espaciosas, decoradas con muebles suntuosos, algo severas en su anticuada magnificencia y desiertas de todo viviente. Más parecíame que conforme iba caminando adentro me guiaba la viuda del teniente coronel Zuazo pues que creía oírla como tosía cada vez una puerta más allá. Llegué por último a un gabinete sombrío, a causa de tener entornadas las persianas y llamé con un dedo a la vidriera antes que por resolución que tuviese hecha de entrar, por temor que me sobrevino de volver atrás sin el eco que me había conducido por donde yo ya ignoraba hasta aquel término. ¡Oh! ¡Pluguiera a Dios que en lugar de mi cobarde atrevimiento hubiéranse pegado las manos a la lengua y la vaciladora voluntad ojalá se hubiese convertido en la certeza insensible de la muerte…! Apenas toqué el cristal me respondió la voz de un hombre que con tono imperioso y prevenido dijo:

—Adelante.

Y oí como pasos que venían hacia mí. Se abrió la puerta y sobrecogida saludé a un personaje que vestía bata de color de fuego sembrada acá y allá de diablos negros. Tenía este hombre sobre cincuenta años de edad, era alto, enjuto y atezado, con las cejas muy pobladas, y la mirada lenta y el ademán indiferente y flojo. El tal hombre me cogió de la mano y me sentó a su lado en un confidente del fondo del gabinete. La luz entraba a medias y solo la costumbre podía ir poco a poco aclarando los objetos que me rodeaban. Enfrente de nosotros vi como había un cuadro con grande marco dorado, cuyo lienzo sería próximamente de vara y cuarta. En este lienzo se dibujaba entre otros objetos agrupados y por entonces confusos, un templo con una torre eminente y en el último tercio de la torre la esfera de un reloj sobresalía. El pausado golpe de la péndula me advirtió que estaba animada la esfera del reloj.

Distraje la vista de aquel punto y vi sobre una mesa reclinadas las unas apoyándose en las otras muy simétricamente y formando curva, más de trescientas onzas de oro en una sola hilera. Parecióme también que se movía onza por onza como la serpiente anillo por anillo. Pero no, no, fue tan solo ilusión de aquel momento. Las onzas no se movían. Mientras que yo me hallaba fascinada contemplando aquello y poseída de un terror pasivo, el sigiloso y austero personaje había vuelto a cogerme la mano izquierda sin grande interés aparente, y como por mero pasatiempo jugaba con mis dedos que convulsivos le opondrían sin duda alguna resistencia que le fue grata, porque gradualmente iba cobrando vida que la faltaba hasta que tocó en el exceso. Aquí solté un grito. Le pregunté quién era que tan osado me ofendía, más él asomando el labio inferior se sonrió como un relámpago y sólo dijo "J.P.L. igual a 72".

—¡Ah! No, caballero, aquí están las camisas y el dinero en mi casa.

—Y tú en la mía —me respondió sin refrenar acciones ni alterarse.

Yo di otro grito y me refugié en un rincón hecha un ovillo.

¡Ay, hijo mío! ¡qué les vale contra el tiro certero del alcotán flechado, a la tímida codorniz la floja avena ni al colorín la rama en que se esconden! Aquí D. Juan Pérez y López se puso en pie, arrojó al suelo su bonete bordado y con furor se sacudió la bata. La bata, ¡ah! La bata era de fuego y ambos faldones dieron un chasquido atronador como cohetes infernales. A este chasquido contestó fatídico el reloj del marco de oro con once ayes doloridos y tras estos lamentos cuando expiraron, la música misma aquella de mi sueño, aquella misma augusta consonancia se reprodujo a no tanto trecho de mis oídos como la oí la vez primera. Parecióme que se difundía por la estancia cada vez más clara como la aurora del alma y que su oriente lo tenía en el reloj de oro. Levanté hacia él la mirada y vi sobre el lienzo a todos aquellos arrogantes mancebos y a las galanteadas damas aquellas que antes viera voluptuosos danzando al pausado compás de la armonía. Vi el lujo y los doseles, las fuentes con aljófares, los ricos aderezos, las plumas y las estofas. Vi despierta, hijo mío, el sueño entero de la crisis de mi vida, brotado por el caño abundante de la fantasía virgen de una mujer. ¡Ay de mí! ¡a quién le fuera dado no volver los ojos! Un ruido misterioso y como de escamas llamó a mis pies, miré y encontréme con la serpiente de oro culebreando muy humilde y como deseosa de que la pisara con tal de que me advirtiera sus halagos.

Una y cien vueltas dio sin que yo fuera osada a prorrumpir ni un alarido, más ella, viendo impunidad o flaqueza, subióse deslizando por la falda hasta mi mismo seno. ¡Piedad!, exclamé, como implorando amparo del amante bastardo y vi su bata de fuego que me deslumbró y con mayor sorpresa que nunca advertí que en ella y al son incesante de la música, también bailaban los tiznados demonios una grotesca pantomima, los unos frente a frente de los otros, pareados y como si fueran juegos de tenazas. ¡Ay! ¡ay! La música arreciaba, el rumor atronaba mis oídos, la llameante bata fulguraba, mi vista se perdía confundida entre tantas multiplicadas maravillas, ¡mi alma en fin era un aroma que volaba, y mi cuerpo aún la flor de que partía! Un frío apetecible, un calor sabroso, un roce regalado sentí luego, que se me desenvolvía por el pecho para subir pausado a la garganta. Y era que la serpiente en elegantes roscas llegó hasta mis oídos, y arrojando un aliento imperceptible habló de esta manera:

—Leda, Leda, tu escondida orfandad era tu mundo, hasta que el corazón se te asomó a los ojos y me viste por las lumbreras de tu alma. Yo soy el Dios de la tierra, a quien adoran los reyes de los hombres, y por quien los hombres se humillan a sus reyes. Yo de los senos profundísimos, donde las aguas azuladas de Omán hierven y combaten, arranco la avergonzada perla para la frente de la mujer. Leda, Leda, como un punto en el vacío tu niño corazón era tu mundo, tú me viste y yo soy más grande todavía que el mundo de la creación. Sígueme, que soy también virtud de los hombres, el poder a la sociedad, el amor de las familias, la perfección de la belleza. Y yo en cambio sentaré encima de mis brillantes hombros tu hermosura. Ámame así como la piedra oriental ama al engarce, y si pierdes tu nombre, te daré títulos sonoros y magníficos que muchos han trocado por la vida. Yo soy parte hoy y mañana el todo del oro de la tierra. Ámame, ámame como te amo, adorada mía, que de placer, si me abrazaras, me derretiría en el canal que forman tus dos pechos. Ámame, ámame como te adoro, hermosa mía….

¡Oh seductora voz de la serpiente!

Sentí desfallecerse mi flaca materia, perdióse mi razón desvanecida y en un vapor densísimo vagó mi espíritu. No sé si sentí en mis labios la boca de la serpiente que besaba y sin embargo de su amorosa solicitud y encanto di un grito de dolor.

—¡Ay! ¡ay! ¡ay! Suéltame, suéltame que me devoras —parece todavía que lo siento, y en esta angustia recobré la razón y me encontré arrojada como un pañuelo ajado con las manos.

Desolada volví en torno los ojos, y de mi pasado vértigo encontré solamente como real y positivo, bastantes onzas esparcidas por el suelo y alguna que otra en mi seno que cogí y arrojé lejos de mí. El impasible D Juan Pérez y López se paseaba a lo largo del gabinete cual si nada me hubiese sucedido. De allí a un instante se arrebató las manos a la frente, dio una patada en el suelo y tiró con violencia de la campanilla. Tardaban en venir a su deseo y sacudió con mayor fuerza el tirado. Oyóse en esto un ruido como de pasos precipitados y se presentaron, la que yo creía viuda del teniente coronel Zuazo y el portero, pero venían en la forma más extravagante que jamás se haya ocurrido a nadie. El portero andaba a gatas y la viuda venía a la jineta en sus espaldas. Al verlos dijo D. Juan Pérez y López con marcado desafuero y virulencia:

—Zarandilla y Chuzón de los demonios, ¿dónde os metéis canalla que andáis torpes? Ea vivo, echad fuera a esa muchacha y traedme ropa de calle, que me voy al remate de unas fincas nacionales que fueron de los ex-frailes trinitarios.

Tanta vergüenza cayó sobre tu pobre madre que no atinaba a andar. D. Juan Pérez y López dado que hubo sus órdenes, se puso a recoger una por una las onzas que había desparramadas por la alfombra. Hízome una seña la Zarandilla y la seguí cabizbaja. Esta mujer desvergonzada espoleó al vil Chuzón y le dijo, arrea marido, y el Chuzón tomando un trotecillo respondía, mujer ya ando.

Así llegamos al portal. Yo les iba detrás y para despedirme a orillas ya del dintel, pegó el Chuzón un corcobo de cabra envuelto en un insolente par de coces al que la Zarandilla de grado o por fuerza brincó al suelo y cayó de pies. Hízome en seguida un moho ridículo y huyeron ambos por donde habían venido muy alegres. Heme tú a mi vuelta a mi buhardilla con dirección incierta, desmemoriada y pálida, a cada paso sobrecogida de espanto, volviendo la cabeza y creyéndome que D. Juan Pérez López me sorprendía de nuevo para ensayar su condenada magia. Al llegar a una esquina oí una voz muy cerca de mí que me llamaba y quedé petrificada.

—No te asustes —me dijo la voz con tono delicado e insinuante al alma—, yo te he visto cien veces sin que fuera advertido, y otras tantas intenté decirte que te amaba, pero el cobarde corazón tembló.

Fijé la atención y vi un joven absorto en contemplarme y temeroso cual si esperara oír de mi labio una sentencia severa. No supe qué responderle, y dos gruesas lágrimas surcaron mis mejillas, acaso las más amargas de mi vida.

—¡Ah! —exclamó el mancebo—, no llores por piedad. Yo te he visto también en una ventana muy alta de la calle del Dardo y me pareciste una flor perfumada de pureza, que pendía del cielo prendida a un cabello de un serafín. Yo te amo, porque si la inocencia está en la tierra, tu corazón es su altar. Yo te amo porque esas lágrimas mismas que descienden, tranquilas manan de la fuente de la castidad. Me nombro Mario Garcerán y ya conocen tus ojos y tu oído a quien hoy llama a tu sentimiento y llegará mañana acaso a pasar los umbrales de tu casa.

Mario Garcerán inclinó la cabeza y se apartó de mí. Mirábale yo alejarse como si aun estuviese bajo la influencia maravillosa del gabinete terrible y necesité apoyarme. Era Mario Garcerán un joven que contaba a la sazón veinte y dos años apenas. Todo su ademán era resuelto, de atrevida cabeza, blonda cabellera rubia, y el bozo apenas indicado sobre el labio superior. Al golpe de sus pasos respondían las lucientes espuelas que llevaba. Parecíame haber soñado aquel hombre antes de conocerle, guardaba al mismo tiempo cierta reminiscencia de haber oído su voz. Mi voluntad se había instintivamente aficionado a él en otras ocasiones, pero sin duda que el juicio no había entrado por nada y la memoria no retenía ni cuándo ni en dónde. Desapareció a lo lejos y me acometió el recuerdo de los pasados sucesos con toda la intención de Judit y la amargura de Lucrecia. ¡Ay de mí! ¡Ni el puñal de la segunda, ni el brazo vengador de la primera, ni la garganta de Olofernes, estaban a mi arbitrio en aquella edad! El tirano del oro podía vagar impune por esta nueva Vetulia esclava, degradada Roma. Aquello fue sólo un rapto de ira femenil, que huyendo pronto me postró en la tristeza más profunda. Cabizbaja y llorosa llegué a mi quinto piso, abrí la puerta y ¡oh dolor!, hijo mío, mi madre se revolcaba accidentada por el suelo, ¡jamás, jamás! ¡Las palabras no alcanzan donde raya el dolor de un solo empuje!

Al día siguiente estaba yo reclinada en la almohada sobre que dormía mi doliente madre y llamaron fuera. Salí a ver quien fuese, entró Garcerán y se despertó mi madre. La decaída anciana apenas lo sintió hablar, que olvidando sus dolores se sonrió con una sonrisa inefable. Explicó Mario el motivo de su visita y mi madre alabó a Dios y nos dijo:

—Mirad, hijos míos, hace un instante que mi alma había abandonado el cuerpo como la llama al pabilo, pero mi alma dejaba un destello de sí misma sobre la tierra y le penaba abandonarlo sin guía y para que divagara por el caos. Era forzoso remontar el vuelo y la aflicción plegaba las luminosas alas de mi alma. El mandato de Dios y el apego de las criaturas al mundo que conocemos, forman la agonía de la muerte. En este estado un soplo del señor sobre mi ser entero, volvió la vida a su cárcel y con los ojos del fervoroso espíritu, vi su dedo omnipotente que señalaba hacia allá por donde llegaste tú a interrumpir mi sueño. La bendición de Dios sobre sus hijos y sobre vosotros la de la madre ciega y moribunda.

Alargó mi santa madre sus desmedrados brazos, e incorporándose apenas en el lecho reposó cada una de sus manos sobre nuestras cabezas, abrió los ojos claros y serenos, dijo que nos veía, y entreabiertos los labios y risueños luego reclinó la frente y tendió el cuerpo para dar libre paso al alma justa. Expiró. No sé cuales fueron las muestras de mi pesar. Me acuerdo sólo que perdí el sentido y al volver de un letargo me hallé en un sitio extraño para mí, rodeada de gentes desconocidas y solícitas. Dijéronme luego que Mario Garcerán me había dejado en poder de una honrada familia, como un depósito sagrado para hacerme su esposa luego de transcurrido cierto tiempo. Así era la verdad, vino Garcerán al poco rato y me habló lleno de ternura en presencia de un anciano de la casa. A punto estuve de arrodillarme a sus pies y contarle mi vida como lo he hecho contigo, Leoncio mío, pero el no verlo nunca a solas, fue la causa que contuvo mi noble resolución y he aquí también el motivo de nuestra común desgracia.

A los dos meses contados desde el fallecimiento de mi madre, Garcerán se casó conmigo. Transcurridos unos cuantos días llamó la Zarandilla a mi puerta. Me habló y traía una amenaza mortal. Yo azorada le regalé dinero para que se fuese, callara y no volviera. Garcerán nos encontró hablando y pasó de largo. Al poco tiempo, tanto amor como nos teníamos y la paz que reinaba en nuestra casa había desaparecido todo por parte de Garcerán. En el lecho mi sueño era interrumpido para oír un suspiro o una maldición. En la mesa mi pan iba mojado con lágrimas que las movía una mirada recelosa. Yo me sentía indispuesta cada vez más. La soledad en que me dejaba mi marido, lo mucho que yo le quería y la falta de sus caricias conspiraban en mi sentir a esta enfermedad continuada, lenta y que entorpecía mis miembros. Así, hijo mío, transcurrieron siete meses, y al cabo de ellos. Te dejé en el mundo. ¡Ah! ¡si el libro de todos los héroes pudiera escribirse! ¡El heroísmo de abnegación pertenece a las mujeres, y el cúmulo de sus sublimes coronas de martirio, ahogaría las palmas y los ambiciosos laureles, de esos hombres que los historiadores dibujan y los poetas iluminan o encienden! Te dejé en el mundo, hijo mío, con el solo dolor de no abrazarte, porque cuando aún mi corazón vivía para ti, mis brazos ya estaban muertos.

A este punto de su relato llegaba el ánima de mi madre, cuando oímos unas como voces perdidas a lo lejos. Yo no las entendí, pero ella desembarazándose de mí, se quedó tan chiquitita que tuve que buscarla, y por la lucecilla que arrojaba la encontré y vi que era del tamaño de una liebre empinada. Me eché en el suelo para besarle el rostro y entonces muy quedito me dijo al oído izquiero:

—Por ahí viene tu padre que se volvió loco hace veinte años. A ti te busca y yo le temo tanto que me voy. No le digas nunca que me has visto ni le cuentes nada de lo que de mí sabes porque no te creería. La duda sólo le tiene trastornado el juicio. Juzga tú qué no le haría la certeza si Dios no hubiera dispuesto que los hombres dudaran hasta de lo que ven. Ya, ya viene, amor mío, alma de mi alma. Perdóname que soy tan inocente como la paloma que se encuentra en las garras del gavilán.

En efecto, mi padre estaba ya encima. El ánima de mi madre se consumió en sí misma o se sumió por los poros de las losas como el agua en la arena. Las voces de mi padre eran desaforadas.

—Satanás, vuélveme mi hijo —iba gritando.

Y con gigantes desconcertados pasos, a trancos daba a veces con las manos en el suelo. Llevaba caída de hombros y arrastrando la capa de hielo aquella que me caló los tuétanos. Y más de veinte perros callejeros ladrándole a la zaga y acosándole por detrás, lo traían a mal traer y la capa se la tenían hecha jirones. A pesar del mucho castigo que desde chiquito me tiene apocado el ánimo, corrí en su ayuda y sacudiendo pedradas a los perros, logré ahuyentarlos. Me columbró mi padre mientras que yo aún me las había con los maldecidos canes, y viniéndose por detrás se me echó a cuestas agarrándome mucho y muy creído que me rescataba de las uñas de Barrabás. Me le cargué a las espaldas lo más acomodadamente que me fue posible y aquí caigo, allí tropiezo, más allá me reposo y con impaciencia, logré volverlo a casa y lo tendí en la cama sin separarme de su lado, hasta muy de mañanita que es la hora en que de ordinario se encaja de rondón alcoba adentro, cierto jorobadillo barbudo, chascando un látigo y echando fieros y blasfemias por la boca. Mi padre salta entonces de la cama sin remedio, baila el pelado al son de la fusta y a revueltas el uno con el otro bajan pegando brincos la escalera para irse juntos, yo no sé dónde ni a qué.
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